Hoy por hoy

Nada impide que el actual Procurador General de la Nación renuncie al cargo. Ese es su derecho. Pero eso no quiere decir que puede irse sin justificar las razones reales de su renuncia o que omita dar las explicaciones sobre el estado de las investigaciones de alto perfil que heredó y las que deben estar en curso bajo su gestión. Eso se llama transparencia y por más que haya criticado a su antecesora, no es menos cierto que con ella hubo mayor transparencia en cuanto a la labor que el Ministerio Público desarrollaba para perseguir el delito. El señor Ulloa nos debe muchas explicaciones y debe darlas antes de abandonar el cargo. En su carta de renuncia, Ulloa introdujo un galimatías sobre el escándalo de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia. Pero, a pesar de la deliberada ambigüedad sobre los motivos de su renuncia por este último caso, lo cierto es que estos no constituyen motivos lógicos ni sensatos para renunciar. Hasta en lo que parece ser una de sus últimas apariciones públicas, este funcionario carece del valor necesario para decirnos la verdad, por cruda que sea. Su salida de la institución es igual de oscura que toda su lacónica y deslustrada administración.

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