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Los buses que no mueren: retrato del transporte en Panamá

Los buses que no mueren: retrato del transporte en Panamá
CORPRENSA/8-SEPTIEMBRE-2021/ROMÁN DIBULET, A pesar que el sistema de transporte colectivo en Panamá introdujo la ruta de los metro Buses, aun se pueden apreciar en el área de Panamá Este los conocidos Diablos Rojos.

A diario circulan por las calles de Panamá decenas de buses antiguos que resisten, con heroísmo o terquedad, el paso del tiempo. Son vehículos con más años que muchos de sus pasajeros, con carrocerías remendadas, asientos maltrechos y motores que expulsan nubes densas de humo negro. Algunos suenan como una licuadora oxidada moliendo piedras. A pesar de los intentos de modernizar el transporte, estos buses siguen rodando, cargando a miles de personas que dependen de ellos para llegar a sus trabajos, escuelas o centros de salud… o al menos cerca.

Estos buses viejos son una especie de símbolo contradictorio: representan la tradición, la rebusca y la cultura popular, y al mismo tiempo, la incapacidad de renovar un sistema que hace años reclama un cambio. Muchos panameños los ven con nostalgia, recordando los famosos diablos rojos, pintados con colores vivos y adornados con personajes de la cultura urbana. Aunque algunos daban miedo: no hay nada más inquietante que un bus que lleva a Jesucristo en la parte de atrás y a un pistolero al lado.

Más allá del folclor, la realidad es que estos buses suponen graves problemas: contaminan el aire, aumentan el ruido de la ciudad, generan accidentes y ofrecen condiciones de viaje indignas. Algunos tienen amortiguadores que no amortiguan nada, y subir a ellos es como jugar una ronda de “¿Dónde quedó mi columna vertebral?”. Ni hablar del timbre para bajarse: en ciertos casos hay que gritar “¡Aquí, chofer!” con fuerza pulmonar olímpica o confiar en que algún alma caritativa tire del cable que parece conectado a un motor de lavadora.

El humo que lanzan al arrancar y frenar no solo ensucia las calles, sino que afecta directamente la salud. Personas con asma, niños y adultos mayores son especialmente vulnerables. De hecho, si caminas detrás de uno de estos buses, el trayecto cuenta como “experiencia de inhalación voluntaria de carbón vegetal”.

Pero la pregunta es: ¿por qué siguen en funcionamiento? La respuesta es compleja. Por un lado, hay miles de usuarios que no tienen otra alternativa. Por otro, existe una red de propietarios que mantienen estas unidades como su única fuente de ingresos. Cambiar de bus cuesta más de lo que vale el bus… y algunos aún creen que con “una soldadura y un par de latas nuevas” todo se resuelve.

El Estado ha hecho esfuerzos con el Metro Bus y otros programas, pero aún no alcanza. La desigualdad social y la falta de planificación a largo plazo hacen que el transporte moderno parezca más una excepción que una norma. Mientras tanto, los que pueden se refugian en autos particulares... y luego se quejan del tranque que ellos mismos agravan.

Panamá necesita políticas más agresivas para modernizar la flota: facilitar créditos, ofrecer subsidios razonables y aplicar una fiscalización real. No basta con anunciar operativos; hay que sacar de circulación al “Terminator” del transporte, ese bus que ya murió tres veces pero insiste en resucitar con un nuevo mofle y cinta adhesiva.

La ciudad no puede avanzar si su transporte sigue anclado en el pasado. No se trata de borrar la identidad popular que estos vehículos representaron, sino de transformarla. Hasta entonces, los buses que no mueren seguirán rodando por nuestras avenidas… desafiando la lógica, la mecánica… y, a veces, hasta la gravedad.

El autor es ingeniero retirado.


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