Tal y como se había previsto, el pasado domingo se celebró la segunda vuelta de las elecciones en Perú, un país con mucha historia compartida con Panamá, una excelente cocina y una gente maravillosa.
Al momento de escribir estas líneas aún se desconocía el resultado final de los comicios. En una nación donde votar es obligatorio y donde, aun así, no todo el mundo lo hace, cada voto cuenta. Lo interesante es que Perú es una nación políticamente dividida, incluso desde una perspectiva regional, por lo que no se puede predecir a la ligera un posible ganador.
Al final, el conteo que lleva a cabo la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) no es definitivo, pues este debe ser certificado por una o más instituciones adicionales, sin contar los posibles reclamos, demandas o denuncias que son típicos cuando a los candidatos los separa un porcentaje menor que el propio margen de error de las encuestas y otros instrumentos de medición.
Resulta interesante que en Panamá haya quienes se preocupan más por el resultado de las elecciones en el extranjero que los propios nacionales en sus respectivos países. Y, sin ser sociólogo ni nada que se le parezca, pienso que quienes se identifican con la derecha necesitan sentirse reivindicados cuando la derecha va ganando, mientras que quienes piensan o comulgan con principios promovidos por gobiernos o candidatos de izquierda experimentan una sensación similar.
Inclusive, en un grupo llegué a leer que, cuando la candidata identificada con la derecha iba ganando, alguien afirmaba que la única forma en que podía perder era que le robaran las elecciones.
Hasta ese momento, los comicios se habían desarrollado de forma correcta e imparcial. Sin embargo, cuando los números cambiaron, comenzaron a surgir dudas sobre los resultados. Es decir, cuando mi candidato —o aquel cuyas ideas se alinean más con lo que pienso— va ganando, todo es pulcro, nítido y correcto; pero apenas se voltea la torta, aparece la tentación de sembrar la cizaña o la duda.
Lo mismo pasó en Colombia, Chile y tantos otros países que han vivido situaciones similares. Cuando ganó Boric en Chile, le hice un comentario a un buen amigo chileno que, en su momento, podía parecer carente de fundamento. Sin embargo, al finalizar su período presidencial, se lo recordé. Le comenté que apostaba a que Boric terminaría acercándose al centro y, desde mi perspectiva, considero que al final de su presidencia estaba mucho más cerca de una posición de centroizquierda que de la izquierda radical desde la cual comenzó.
Yo me atrevería a apostar, sin temor a equivocarme, que más de la mitad de las personas que votaron por el candidato de la extrema derecha en Colombia lo hicieron por miedo al candidato de la extrema izquierda; es decir, no votaron a conciencia, sino “en contra de”, como ha ocurrido en muchos países de este bello continente, que no termina de entender que el péndulo entre izquierda y derecha no nos lleva a puerto seguro, sino más bien a aguas turbulentas que ningún bien nos hacen.
Demás está decir que creo que el centro existe, ya sea que se incline hacia la izquierda o hacia la derecha; un espacio donde exista la justicia social, se promueva y se respete la inversión privada, se compense de manera justa al buen trabajador y, al que no da la talla, se le pueda dar de baja sin tantos obstáculos como los que presenta, por ejemplo, nuestro actual Código de Trabajo, que ya no satisface todas las expectativas requeridas para una buena convivencia entre las partes.
Hay que hacer una fuerte inversión en educación, ya no para memorizar viejos patrones y conceptos, sino para incorporar nuevas tendencias que los países que progresan han adoptado y que los demás hemos rechazado para proteger espacios que hace mucho tiempo dejaron de funcionar para aquello para lo que fueron creados.
Confío en que el Todopoderoso protegerá a nuestros hermanos de Perú, Colombia, Brasil y a todos los habitantes de nuestra región, incluidos nosotros, que tanto tiempo hemos perdido en peleas que no nos benefician, sino más bien a quienes siempre caen parados. Ustedes saben a quiénes me refiero, ¿verdad?
El autor es dirigente cívico y analista político.

