Hay pocas actividades más agotadoras para un hombre que acompañar a su esposa de compras.
Y no hablo de comprar una bolsa de arroz, un galón de aceite o una libra de carne. No, señor.
Hablo de esa excursión interminable al supermercado, a los almacenes de ropa, a las zapaterías o, Dios nos agarre confesados, a comprar un electrodoméstico. Una actividad que debería estar incluida entre los trabajos de alto riesgo del Ministerio de Trabajo.
Todo comienza con una pregunta aparentemente inocente: «Mi amor, ¿me acompañas a hacer unas compritas?». Y uno, que todavía conserva la ingenuidad de un niño, responde: «¡Claro, mi vida!». Ahí mismo acaba de firmar su sentencia. No sabe si regresa en dos horas, cuatro días o después de que cambien la temporada de verano.
Lo primero que descubre uno es que, en esos paseos, deja de ser marido para convertirse en perro de compañía. Un perrito de esos que llevan con una correa invisible, lo arrastran de pasillo en pasillo y, cuando se cansan de él, lo estacionan en una esquina con la advertencia: «¡No te muevas de aquí!». Y ahí queda uno, cuidando una cartera, dos bolsas y una botella de agua, mientras la dueña del paseo desaparece entre los estantes.
En el supermercado la cosa es todavía más complicada. Uno cree que va a comprar leche, huevos, pan y jabón. ¡Qué va! Eso es apenas el pretexto. Hay que comparar veinte marcas de detergente, revisar la fecha de vencimiento de unos yogures, discutir el precio del arroz y decidir si el papel higiénico de doce rollos es más conveniente que el de dieciséis. Y cuidado con adelantarse, porque si uno aparece con un producto equivocado, le cae encima una explicación que parece una conferencia universitaria.
Pero lo peor es cuando la señora decide comprar ropa o zapatos y solicita nuestra opinión.
—Mi amor, ¿cómo me queda este vestido?
¡Ay, Dios mío! Aquí empieza el verdadero peligro. Si uno dice que está bonito, pregunta si lo dice de verdad. Si dice que el otro le queda mejor, pregunta por qué. Si responde que ambos le quedan bien, lo acusa de no prestar atención. Y si se atreve a decir que ninguno le gusta, acaba de abrir una investigación matrimonial que puede durar hasta el próximo aniversario.
Lo curioso es que la opinión del marido tiene la misma utilidad que un paraguas roto en pleno aguacero. Ella pregunta por el color y uno dice azul. Compra rojo. Pregunta si los zapatos están bonitos y uno responde que sí. Se lleva otros. Compra un vestido, llega a la casa y cinco minutos después anuncia que está demasiado grande, demasiado corto, demasiado ajustado o que, ahora que lo piensa, no combina con nada.
Y a los tres días aparece la frase que pone a temblar cualquier matrimonio:
—¡Mi amor, tengo que cambiar esto!
¿Y quién tiene que ir a cambiarlo? ¡Pues uno! El mismo que no lo escogió, no lo necesitaba y ni siquiera estaba convencido de que fuera bonito. Ahora le toca regresar al almacén, explicar el problema, buscar la factura y enfrentarse a la empleada que pregunta por qué quieren devolverlo si se lo llevaron tan contentos.
Y todo esto ocurre, además, cuando uno está ocupado. Puede estar terminando una tarea importante, viendo un partido de fútbol de esos que no se repiten o disfrutando una película después de un día de trabajo. Pero basta que suene el teléfono:
—¡Mi amor, acompáñame un momentito!
Ese «momentito» panameño es una unidad de tiempo desconocida para la ciencia. Puede durar veinte minutos o toda una tarde. Y si uno se atreve a decir que está ocupado, aparece el clásico:
«¡Ah, bueno! ¡Entonces no me acompañes!».
Una frase que no es una autorización para quedarse, sino una advertencia de consecuencias todavía desconocidas.
Lo más desesperante es que tampoco se puede disfrutar del paseo por cuenta propia. Si uno ve una herramienta, una televisión, una computadora o cualquier cosa que le interese, no puede detenerse demasiado. Hay que seguir a la esposa como escolta presidencial, pendiente de sus movimientos, sus preguntas y sus decisiones.
Al final, uno regresa a casa agotado, con los pies hinchados, sin haber comprado absolutamente nada para sí mismo y con la satisfacción de haber cumplido una misión que nadie le agradeció.
Y cuando cree que todo terminó, escucha:
—Mi amor, ¿y si mañana vamos a ver unas cositas que me faltaron?
En ese instante uno comprende que el matrimonio es una institución maravillosa, pero que algunas de sus actividades deberían reconocerse como deportes olímpicos. Porque acompañar a la esposa de compras no es caminar por un almacén: es una prueba de resistencia, obediencia, paciencia y supervivencia.
Y uno, como buen marido, termina aceptando que en esta vida hay cosas que no se pueden evitar: los tranques, los apagones, los aguaceros de Panamá y las compras de la esposa.
La diferencia es que de los tres primeros, a veces, uno puede escapar.
El autor es ingeniero retirado.


