Hace pocos días volvió a arder el barrio donde me crie, Calidonia, saliendo de calle S. Se incendió la casa del llantero, enfrente del caserón donde se fríen hojaldas hasta hoy. El mismo ciclo de miseria de décadas, que los gobiernos quieren vestir de dignidad cuando no es más que una «solución habitacional» (las comillas son para resaltar la ironía) paupérrima que nadie merece.
La habían pintado por fuera; parecía limpia y digna, pero por dentro estaba igual de podrida e inhabitable que hace años, y la metáfora con nuestro país queda servida: pintan mucho, hay mucho cacareo del presidente del chenchén y del alcalde taquillero, pero por dentro el país está lleno de carcoma perredista, de podredumbre panameñista, de insalubridad de RM; en resumen, de la miseria destructiva de los mismos honorables de siempre, tan viejos o más que los caserones que solo desaparecen si arden.
Más de un centenar de personas, entre ellas muchos niños, se quedan sin casa: ¿cuánto tardará en llegar una solución habitacional verdaderamente digna?, ¿cuándo les darán los efectos y productos básicos para que puedan seguir con sus vidas? Llegará Navidad y estas personas, como es tradición en el país de los millones y la miseria, no estarán debidamente atendidas: seguimos gobernados en los ámbitos nacional y local por una pandilla de inútiles.
El ciclo de la miseria arrasará con todo. No será una bomba ni un gran diluvio lo que termine con nuestro país; será nuestra desidia la que, poco a poco, como el limo que crece silencioso en los patios de las viejas casas de inquilinato, lo permee todo hasta que se caiga o hasta que arda. Así somos y así terminaremos: convertidos en un solar al que vendrán otros a construir otra casa, digna para ellos, a la altura de sus intereses, y que nosotros nos tendremos que aguantar porque no hicimos lo que nos correspondía.
Un gran abrazo solidario para la gente de Calidonia, mi gente.


