La autocracia concentra el poder en una sola voluntad. No es solo una forma de gobernar: es la reducción del Estado a una entidad personal, donde la ley emana del autócrata, quien no responde ante nadie. Su ego lo lleva a creerse el mesías de los intereses que lo sustentan, en cuyo nombre cometerá las peores tropelías, aun pasando por encima de las instituciones llamadas democráticas.
Construye una cárcel de máxima seguridad, aísla cabecillas, despliega drones, endurece el régimen penitenciario. Lo llama «plan de fuerza mayor»; la prensa lo llama «bukelización»: el modelo donde el estado de excepción se paga con la pérdida de las garantías ciudadanas. Conviene mirarlo con cuidado: el perseguidor rara vez confiesa a quién persigue.
La alarma con que lo justifica no se agotará en redadas de pandilleros. Se acumula, se hace costumbre y se guarda para el día en que haya que despejar una carretera. La decisión sobre la mina ya no tiene dónde esconderse: la comisión entregó su informe, con auditoría favorable; el asunto queda en una sola mano, que se niega a someterlo a la Asamblea. Quien lleva meses escondiendo una decisión ya la tomó; solo aguardaba el informe que la vistiera de trámite. Quien recuerde 2023 sabe que no se reabre sin que alguien salga a estorbar. La máquina anunciada contra el criminal se afila contra el ciudadano.
No es la primera vez que la afila. En 2010, como ministro de Seguridad, ordenó reprimir la huelga bananera de Changuinola: perdigones al rostro, dos muertos, decenas de heridos con lesiones oculares permanentes. El método no ha cambiado, solo el destinatario. Hoy cae sobre el Suntracs: allanamientos, órdenes de captura, su secretario general en el exilio, el sindicato entero llevado a juicio de disolución. Todo en silencio, porque la víctima es el sindicato incómodo. Pero ese silencio no es neutralidad: es el permiso para la próxima víctima. Idéntico destino aguarda a cualquiera que se oponga a una autocracia, que tarde o temprano termina en dictadura. No hace falta imaginar cómo perseguirá: ya sabemos cómo persigue. Ensayó su «modelo» cuando Nayib Bukele no gobernaba nada. No lo importó; lo perfeccionó en casa.
Y esos allanamientos tienen una marca: quienes los ejecutan, así como quienes entran a casa ajena, lo hacen con el rostro cubierto. La capucha no es un detalle operativo: es la pieza central del aparato. Tampoco es nueva en él: en 2012 mandó cortar la telefonía celular en San Félix para reprimir a oscuras. El Código Procesal Penal admite el anonimato solo como excepción vigilada por un juez, nunca como rostro ordinario de la autoridad. Cuando la excepción se vuelve norma, el Estado no gana eficacia: gana impunidad. El encapuchado desaparece a alguien hoy; mañana la autoridad jura que no accionó, porque sin rostro no hay a quién imputar. Y entonces preguntamos: ¿a dónde van los desaparecidos?
El que se cubre el rostro forja un instrumento que no reconoce dueño y obedecerá a la mano que lo herede. Los jacobinos levantaron el Tribunal Revolucionario para segar cabezas ajenas; terminó segando las propias. La Revolución, dijo Pierre Victurnien Vergniaud (1753-1793), devora como Saturno a sus hijos. En la noche de los Cuchillos Largos, el poder nazi degolló a sus propias camisas pardas. Ese es el primer modo en que el carnicero se vuelve bistec: por la mano que empuña.
Hay un segundo, más humillante: por la mano a la que sirve. Quien persigue por encargo no es el amo, es el cuchillo. Los amos, enseñó Henry John Temple, 3.er Vizconde de Palmerston (1784-1865), no tienen amigos permanentes, solo intereses permanentes. El día que dejas de ser útil, te mandan al matadero con la frialdad con que ayer te condecoraban. A Manuel Antonio Noriega le ocurrió. Activo de la CIA, Washington toleró su narcotráfico mientras sirvió; cuando dejó de servir, activó la acusación guardada. No lo enjuiciaron por narcotraficante: lo enjuiciaron por haber dejado de ser su narcotraficante.
Basta mirar los puertos. El operador chino sirvió al istmo 25 años, hasta que Washington resolvió que su «influencia» sobre el Canal era un problema. Y entonces, con puntualidad sospechosa, el Estado anuló la concesión. Que el instrumento fuera un fallo impecable no atenúa el fondo, lo perfecciona: el alineamiento más eficaz es el que se disfraza de soberanía. Las terminales no volvieron a la nación: se relicitan por décadas a nuevos operadores. No se expulsó al concesionario para liberar el puerto, sino para cambiar de dueño. Quien ejecuta la expulsión por cuenta del amo cree que manda. Apenas obedece.
De modo que sí, se pondrá peor antes de mejorar. Pero el que hoy afila el cuchillo debería recordar la única ley que ningún régimen ha logrado derogar: la rueda gira. Lo que sube, baja. El carnicero de hoy es el bistec de mañana. Y la res, cuando por fin lo comprende, ya está tendida sobre la tabla.
El autor es abogado


