Mañana cumplo un año sin beber alcohol.
No escribo estas palabras para victimizarme, ni para que me feliciten, ni para dar lecciones a nadie. Las escribo porque quizás alguien que las lea esté recorriendo el mismo camino que yo recorrí, sin darse cuenta de hacia dónde lo está llevando.
Durante muchos años bebí socialmente. Varias copas de vino durante una cena, varios whiskies con amigos, un brindis en alguna celebración. Todo parecía perfectamente normal. Hasta que un día me serví el primer trago estando solo.
No había nada que celebrar. Simplemente quería relajarme.
Después vino otro día, y otro. Lo que comenzó siendo ocasional pasó a repetirse varias veces por semana, hasta convertirse en una costumbre diaria. Sin darme cuenta, había cruzado una línea que nunca imaginé cruzar.
El alcoholismo no suele llegar de golpe. Entra silenciosamente, disfrazado de costumbre. Y muchas veces, detrás de esta enfermedad, existen heridas emocionales, preocupaciones o situaciones personales que no hemos sabido enfrentar.
Siempre encontramos una justificación. Un día difícil, una preocupación, una buena noticia o simplemente porque nos lo merecemos. Hasta que llega el momento en que ya no necesitamos ninguna excusa.
Y entonces comienzan las consecuencias.
Bajo los efectos del alcohol tomamos decisiones equivocadas. Hacemos y decimos cosas que jamás haríamos estando sobrios. Herimos a personas que amamos. Nos exponemos a accidentes que podrían habernos costado la vida o, peor aún, haber causado la muerte de alguien inocente.
Pero quizás las heridas más profundas son las que no se ven.
El alcoholismo provoca sufrimiento psicológico en nuestras familias. Nuestros seres queridos comienzan a preocuparse por cuánto bebemos, cómo reaccionaremos o en qué condiciones llegaremos a casa. La confianza se deteriora y la tranquilidad familiar desaparece. Muchas veces, quienes más nos aman sufren las consecuencias de una enfermedad que nosotros mismos nos resistimos a reconocer.
Mientras tanto, el alcohol también deteriora nuestra salud. Está científicamente comprobado que afecta el cerebro, el hígado y el corazón, aumenta el riesgo de varios tipos de cáncer, altera el sueño y puede agravar la ansiedad y la depresión. Lo que creemos que nos ayuda a relajarnos puede estar destruyéndonos lentamente.
Lo más peligroso es creer que todavía tenemos el control.
Reconocer que tenemos un problema es difícil. El orgullo nos convence de que podemos dejarlo cuando queramos. Pero llega un momento en que debemos aceptar que necesitamos ayuda.
En mi caso, la fe en Dios ha sido fundamental.
Muchos programas de recuperación, como Alcohólicos Anónimos, reconocen la importancia de apoyarse en un Poder Superior. Para mí, ese Poder Superior es Dios. En Él encuentro la fortaleza para reconocer mis errores, pedir perdón y seguir adelante. La fe, acompañada de la ayuda profesional y del amor de mi familia, me ha enseñado que siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo.
Sin embargo, dejar de beber también trae sorpresas.
Algunos amigos comienzan a verte diferente. Unos minimizan tu problema, otros insisten en que una copa no hace daño. Hay quienes se burlan, te menosprecian o simplemente dejan de invitarte. Descubres entonces que algunas amistades estaban más relacionadas con el alcohol que con la persona.
Afortunadamente, también descubres quiénes son tus verdaderos amigos.
Hoy comprendo que dejar de beber no significa perder la alegría de vivir. Significa recuperar la libertad de disfrutarla plenamente, sin depender de una botella.
No puedo cambiar las decisiones equivocadas que tomé ni borrar el sufrimiento que pude haber causado. Pero sí puedo asumir mi responsabilidad y decidir cómo vivir de ahora en adelante.
Agradezco a Dios, a mi familia y a quienes me han acompañado durante este primer año. Sé que la recuperación es un camino que debo seguir recorriendo, un día a la vez. Solo por hoy.
Si alguien se reconoce en estas palabras, quisiera decirle algo: no espere a perderlo todo para pedir ayuda.
Hoy sé que la verdadera libertad no está en poder tomar una copa cuando quiera, sino en no necesitarla para vivir.
El autor es empresario.


