En 1974 tuve una breve conversación de mesa con un residente de primer año de pediatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Tulane. Me decía mi compañero de entrenamiento que le parecía una medida apropiada que todo panameño que quisiera viajar a Cuba en los años sesenta y setenta tuviera que tener la aprobación del gobierno de los Estados Unidos y que esta constara en su pasaporte. Estaba convencido de la bondad de la autoridad extranjera que nos custodiaba y exponía la posibilidad de que una persona educada como yo regresara a Nueva Orleans, donde había una población hondureña importante, después del viaje a la isla y de la fanfarria revolucionaria de aquellos años, y saliera electa para el Senado. El problema era real, porque Fidel Castro, así como lo leen, habría descubierto mis cualidades para sembrar el comunismo entre la población latina desde esa posición de liderazgo. Era 1974. Esa trama solo cabe en la cabeza de una persona “culturalizada”, que no es lo mismo que culta, acostumbrada a ver comunismo por todas partes, hasta en el comedor de su casa.
¿Por qué sorprendernos, entonces, de oír en la propaganda política de la pasada campaña en ese país sandeces como “el socialismo se toma América”, cuando todavía se alimenta la confusión entre socialismo y comunismo? ¿Por qué se repiten falsedades como que “los socialdemócratas del Partido Azul son comunistas radicales”? En ese marco narrativo y en ese proceso psicológico de meter miedo y amedrentar que vivimos en el siglo XX, la cultura popular fue sumergida en la ignorancia sobre la vida en la ribera norteña del golfo de México. La única democracia estaba precisamente en la frontera norte con Latinoamérica, donde también se excluían de las lecciones de democracia la esclavitud y sus crímenes, la discriminación y sus injusticias y la planificación de asesinatos políticos. Entonces, ¿por qué sorprendernos del miedo acá abajo ante el hecho de que el 3 de noviembre el pueblo norteamericano conservó su derecho a pronunciarse en las urnas y lo hizo con vigor sobre el encarecimiento de los alimentos, los precios de la gasolina, el deterioro de la educación y la salud, el desprecio por las leyes y la letra de la Constitución y la corrupción para el enriquecimiento de amigos y familiares multimillonarios?
Curiosamente, son las mismas voces agoreras que no se han pronunciado sobre el autoritarismo antidemocrático, el abandono de compromisos sanitarios y de alimentación a nivel mundial, las amenazas de tomarse países y vías marítimas, el irrespeto de Trump cuando miente o se refiere en términos despectivos a gobernantes extranjeros y el maltrato físico y emocional a migrantes y a ciudadanos de determinados países, a quienes denigra o asesina sin pruebas. A esos migrantes se les condena a vivir sin seguro social, sin seguro médico y sin acceso a alimentos baratos. Sin embargo, en 2022 pagaron 96.7 mil millones de dólares en impuestos y 25.7 mil millones de dólares en cheques para el seguro social. Bien lo ha dicho Anne Applebaum. Estas elecciones fueron por algo más fundamental que el control del Congreso. Los norteamericanos salieron a votar para decidir si los Estados Unidos seguirán siendo una democracia, como lo soñaron hace 250 años sus fundadores. El presidente Trump ha tratado de manipular esa democracia desde la presidencia mediante la redistribución de distritos para afectar los resultados electorales en los lugares donde los votantes le son adversos. Un esfuerzo agónico por controlar a su antojo, justo cuando la plata perdió su dueño y su brillo.
El poder demostrado por el Partido Demócrata se debe a su diversidad. Distribuidos en un número significativo en todos los cargos de elección están hombres y mujeres norteamericanos con ancestros de varios continentes, diversas religiones y creencias, colores y lenguas. No extraña que la libertad religiosa que reclamamos los católicos para practicar nuestras oraciones y nuestros ritos se la neguemos a los judíos o a los musulmanes y hasta divulguemos falsedades sobre sus motivos. Entre los elegidos hay trabajadores humildes y profesionales que superaron la pobreza para alcanzar sueños de justicia y libertad. Al menos se eligieron 17 mujeres para los cargos de gobernadoras, 13 de ellas del Partido Demócrata; 25 médicos para diversos cargos de elección, 20 de ellos también demócratas; y 9 indios americanos, todos demócratas. Todos están preocupados por que se pueda acceder sin restricciones al bienestar, la salud y el trabajo. La atención médica cálida y pronta, la seguridad social para el retiro, las escuelas públicas excelentes, los beneficios y cuidados para los veteranos de guerra, la seguridad frente al desempleo, las bibliotecas públicas y el seguro para proteger tus depósitos bancarios son los programas “socialistas” a los que se teme.
El 3 de noviembre resultó ser una fiesta para hablar en alta voz. El temor a que se acallara esa voz fue vencido por la convicción. Como quiera decirse, el voto fue con Trump en la papeleta. Aun frente a este espectáculo anunciado, la fuerza por la libertad, el amor por la justicia y el disgusto por la corrupción no esperaban que de las cenizas de la institucionalidad resurgieran estas aspiraciones. El escenario fue vibrante.
El autor es neonatólogo y pediatra.



