El reciente sismo que sacudió a Panamá volvió a recordarnos que la prevención no puede improvisarse. En segundos, el movimiento de la tierra alteró la rutina, provocó evacuaciones y despertó preguntas que no deberían aparecer únicamente después de una emergencia: ¿sabemos cómo actuar?, ¿conocemos las zonas seguras?, ¿hemos practicado qué hacer en casa, en la escuela o en el trabajo?
La respuesta no depende solo de los organismos de emergencia. Exige una ciudadanía informada y una educación capaz de convertir las recomendaciones en hábitos. Panamá necesita asumir la educación sísmica como una tarea permanente, integrada a la vida familiar, escolar, comunitaria e institucional, en todos los niveles y comunidades.
Un terremoto no se puede predecir con exactitud. Por eso, más que alimentar el miedo o compartir rumores, debemos aprender a reconocer los riesgos, actuar con serenidad y seguir las indicaciones oficiales. La información verificada protege; la desinformación puede generar pánico y decisiones peligrosas.
La escuela ocupa un lugar central. Los estudiantes deben conocer, con un lenguaje adecuado a su edad, qué hacer durante un sismo y cómo protegerse. No basta con explicar el fenómeno en ciencias. Es necesario practicar rutas de evacuación, identificar salidas y puntos de encuentro, y realizar simulacros que permitan corregir errores antes de una emergencia real.
Los docentes requieren capacitación y protocolos claros. Cada centro educativo debe saber quién coordina la respuesta, cómo se contabiliza a los estudiantes, qué medidas se aplican con niños pequeños o personas con discapacidad y cómo se comunica la situación a las familias. La seguridad escolar no puede depender de la improvisación.
La educación sísmica no termina en las aulas. En cada hogar conviene acordar un plan familiar, definir un punto de encuentro y preparar una mochila con agua, alimentos no perecederos, linterna, radio, baterías, botiquín y documentos importantes. También debemos aprender a asegurar muebles, reconocer riesgos y saber cómo cortar los servicios cuando sea seguro hacerlo.
Durante el movimiento, la recomendación general es mantener la calma, agacharse, cubrirse y sujetarse bajo una mesa resistente, protegiendo cabeza y cuello. Hay que alejarse de ventanas y objetos que puedan caer. En la calle, debemos apartarnos de edificios, postes y cables eléctricos. Después, no se deben usar ascensores ni regresar a estructuras dañadas hasta que las autoridades indiquen que es seguro.
Estas orientaciones deben comunicarse de manera sencilla y accesible. La prevención necesita llegar a comunidades rurales, pueblos indígenas, personas mayores y personas con discapacidad, mediante formatos y lenguas que faciliten su comprensión. Las redes sociales no bastan: la radio, las escuelas, las juntas comunales, los centros de salud y las organizaciones locales pueden ampliar el alcance.
El sismo también debe impulsar una revisión de edificios e infraestructuras. La educación ciudadana es indispensable, pero no sustituye la construcción responsable, el cumplimiento de normas técnicas, el mantenimiento ni las inspecciones profesionales. Las instituciones deben explicar con transparencia qué se evalúa, qué medidas se adoptan y dónde consultar información oficial.
Panamá cuenta con la experiencia de los simulacros nacionales y el trabajo de entidades como el Sistema Nacional de Protección Civil, el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, los bomberos y el sistema educativo. El reto es convertir estas iniciativas en una cultura continua. Un simulacro no debe ser una ceremonia: debe medir tiempos, detectar fallas y mejorar protocolos.
Educar sobre sismos significa enseñar a proteger la vida, pensar con claridad y colaborar. También significa comprender que la preparación es una responsabilidad compartida entre el Estado, las escuelas, las empresas, las familias y las comunidades.
No podemos evitar que la tierra se mueva, pero sí reducir la vulnerabilidad con conocimiento, planificación y solidaridad. Que este sismo no quede como un susto pasajero ni como una noticia que pronto olvidemos. Convirtámoslo en una oportunidad para fortalecer la educación preventiva y formar ciudadanos capaces de responder con responsabilidad. La seguridad comienza antes de la emergencia, con lo que aprendemos, practicamos y decidimos hacer juntos.
El autor es educador y promotor social.


