El problema del país no son los políticos. El problema no es la corrupción del sistema. Los dos problemas mencionados son una derivación, un resultado de la verdadera raíz que nos mantiene anclados en el tercermundismo y en el atraso intelectual.

A las personas no nos gusta hablar de nuestros propios errores, así que esto va a resultarle desagradable a muchos, puesto que deja al descubierto nuestro lado más feo. Si bien nos hemos acostumbrado a cubrir esa fealdad con disfraces que distorsionen esa culpa ciudadana con matices de falsa idiosincrasia, la fealdad persiste, y nos toca a todos cargar con su responsabilidad.

Veía recientemente una de las ya tristemente normalizadas filas para buscar cualquier cosa en el país. Vamos pareciéndonos cada vez más a Cuba, o a cualquier lugar en donde la falta de transparencia en la administración de la cosa pública resulta en pobreza extrema y colas de hambre. No es hambre de comida solamente. Es hambre de oportunidades. Es hambre de futuro. Hambre de esperanza. Nadie hace una fila en la que casi siempre se pierde el día porque le guste estar parado esperando turno. Eso sucede cuando la bonanza social no ha llegado de manera equitativa a la ciudadanía, y “la necesidad tiene cara de perro”.

Pero ¿por qué no llega la bonanza social de manera equitativa a todos? ¿Cuál es el problema?

Y aquí viene la parte que a muchos no les va a gustar. La culpa no es de los políticos, repito. La culpa es del ciudadano que en una muestra olímpica de ignorancia supina cree que no respetar los derechos de sus conciudadanos lo vuelve especial, “más vivo” o más importante que los demás.

No. No eres “más vivo” que los demás. Eres más ignorante que los demás y por ello demuestras una proclividad a la agresividad a flor de piel, como resultado de tu falta de conocimiento, de tu falta de argumento y de tu falta de razón. Sabes que no puedes defender la acción que llevas a cabo, pero sin importarte lo evidente, igual tratas de llevarla a cabo.

Te estacionas en un sitio claramente designado para personas con movilidad reducida, aun cuando te la pasas posteando fotos tuyas disque haciendo trillos. Tu discapacidad es cerebral. Manejas en contravía, porque crees que tu tiempo es más valioso que el de los demás. Estás jubilado para hacer filas en los bancos, pero cuando llega tu turno, realizas cinco transacciones para la empresa donde trabajas, distorsionando el derecho que te dio la Ley. Llevas a tus hijos al colegio, pero te demoras en la fila de la entrada haciendo papeles de buen padre, solo para que los demás te vean actuando un sentimiento que muy probablemente no demuestras en casa.

Haces una fila para buscar un beneficio social, pero te otorgas un falso título de juez con el que decides que puedes “guardar” espacio y dejar pasar al que te “pague” por esa atribución que no tienes realmente. ¿Qué carajos le pasa a esta gente?

Ese tipo de ciudadano es el responsable del tipo de políticos que tenemos. Ese tipo de ciudadano es el que sustenta el clientelismo que termina llevando a puestos que deberían ocupar personas honestas e inteligentes a todos los que en sus tiempos escolares no pasaban de curso y eran “alumnos especiales”. Ese era el término que se usaba en mi época para designar a los “repetidores” de curso.

A la reválida del verano se le llamaba “las olimpiadas”. No eran motivo de orgullo como ahora, sino de vergüenza, que es precisamente lo que se ha perdido en estos tiempos modernos.

La falta de vergüenza social es lo que degenera en las actitudes que mencionamos anteriormente, y tantas otras que no se mencionan aquí. La tibieza exigida en lo que antes era corrección fraterna privó a la sociedad de buenos líderes y de buenos ciudadanos.

Todo se suaviza, se romantiza, al punto de que “robó, pero hizo” se volvió un canon. ¡Qué estupidez! No hacen, pero sí roban, y un sistema corrupto los deja ostentar lo robado a la faz de todo un país.

Antes, el ladrón era ladrón. Ahora es “empresario supuestamente implicado”, o alguna zoquetada similar.

Con un tino impresionante, Isaac Asimov describió por allá por 1980 lo que vivimos hoy. El conocimiento fundamentado pesa lo mismo que los bulos y la superficialidad mediática, mientras tratamos de experto a cualquier ignorante.

Por la decencia ciudadana, para mejores días.

Dios nos guíe.

El autor es ingeniero civil y escritor