A veces la memoria no es tan fiel al recordar los detalles de una historia, de un pasaje, de una vivencia. Y no siempre los amigos y compañeros de una jornada política tienen la misma visión de ciertos acontecimientos, que pueden ser vistos o vividos de diferentes maneras.

Soy un ferviente creyente de la necesidad de que los políticos de ayer hablemos y escribamos nuestros testimonios y experiencias de lucha. De lo ocurrido hace 49 años y después quedan muchos recuerdos que se atropellan en una lucha permanente por no olvidarlos. La muchachada nacida hace 50 años tiene derecho a conocer ese pasado que le ha permitido vivir hoy en una democracia imperfecta, pero con libertades democráticas, y entrar a la «tierra prometida» sin haber tenido que afrontar personalmente los sacrificios de las generaciones anteriores.

Esa muchachada de dos generaciones —ricos y pobres, capitalinos, interioranos, originarios e hijos de extranjeros nacidos en nuestra tierra— debe conocer, sin complejos ni sectarismos políticos o ideológicos, los episodios de nuestra vida nacional, empinarse sobre nuestros errores y construir un Panamá mucho mejor que el que ha recibido. Debe conocer también el aporte de los panameños que, desde 1903, construyeron la república independiente e hicieron posible la terminación del Canal de Panamá.

Entre los muchos recuerdos que se atropellan en mi memoria está la lucha por el «no patriótico» a los tratados canaleros negociados en 1977 por el general Omar Torrijos, quien consolidó su liderazgo en el régimen surgido del golpe militar del 11 de octubre de 1968 contra el doctor Arnulfo Arias. Ese golpe provocó una ruptura en la sociedad panameña e instauró un régimen de control militar y político. Un gobierno militar que aplastó guerrillas campesinas y urbanas, mal organizadas, abandonadas y fallidas. Hubo exiliados, detenidos y personas amenazadas por el espionaje o la sapería del G-2 de la Guardia Nacional.

El general Omar Torrijos Herrera, líder militar y civil de una gran parte de la sociedad panameña, declaró en los años setenta que los proyectos de tratados negociados en 1967 por el gobierno liberal de Marcos Robles, a raíz de la gesta del 9 de enero de 1964, no servían ni como punto de partida. Apoyado por grupos de izquierda, nacionalistas y liberales, armó una estrategia nacional e internacional para emprender nuevas negociaciones.

Logró reunir al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en Panamá en 1973 y denunció las «causas de conflicto» en nuestras relaciones con Estados Unidos. Luego, el canciller panameño, Juan Antonio Tack, suscribió con Henry Kissinger, en 1974, una declaración de principios para las nuevas negociaciones canaleras.

Las negociaciones culminaron en agosto de 1977 y Omar Torrijos anunció el 1 de septiembre que firmaría los nuevos tratados canaleros en Washington, en la sede de la Organización de los Estados Americanos (OEA), el 7 de septiembre, rodeado por los gobernantes de nuestra América. Su discurso fue de una gran franqueza.

Regresó el 9 de septiembre a Panamá y anunció que el plebiscito, por mandato de la Constitución de 1972, sería el domingo 23 de octubre de 1977. Apenas unas seis semanas para conocer, analizar y debatir los dos instrumentos: el Tratado del Canal de Panamá y el Tratado Concerniente a la Neutralidad Permanente y al Funcionamiento del Canal de Panamá, este último de duración indefinida.

Solo las fuerzas gobiernistas, militares y civiles, estaban organizadas para movilizarse e imponer el «sí a los tratados» bajo las consignas del «patriotismo torrijista». Quienes se oponían al gobierno militar, además de ser tildados de traidores, ultraizquierdistas, reaccionarios y entregados a Ronald Reagan, estaban totalmente desorientados, sin libertades democráticas, desorganizados y atemorizados por la represión militar de 1976: el exilio a Ecuador del 20 de enero, que afectó a dirigentes empresariales y políticos, y la represión del 20 de septiembre contra los universitarios por denunciar el «alto costo de la vida».

El 1 de septiembre de 1977, el panameño Leopoldo Aragón se inmoló en Suecia en protesta contra la firma de los tratados.

Con el «país acuartelado» y apenas unas seis semanas para acudir a las urnas, sentíamos que estábamos condenados a la imposición de dos tratados cuyo contenido buena parte de los panameños aún desconocía.

El veranillo democrático

El 7 de septiembre de 1977, Torrijos firmó en Washington, en la sede de la OEA, los dos tratados con el presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, y con gobernantes de América como testigos.

Mientras Torrijos firmaba los tratados, el Centro de Estudiantes de Derecho (CED) de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá lanzaba la consigna de salir a las calles en rechazo a la firma de dichos tratados. Los gobiernistas de «izquierda y derecha» repitieron la consigna: «la marcha de los cuatro gatos». Esa mañana, la Guardia Nacional reprimió a los universitarios y, según recuerdo, unos 50 estudiantes fueron detenidos.

Preocupados por los estudiantes detenidos y la falta de libertades democráticas para debatir los tratados canaleros, los compañeros Vanegas, Flores y yo decidimos acudir al rector Eligio Salas para solicitar la libertad de los detenidos. De paso, le planteamos la posibilidad de que los grupos opositores pudieran conversar con Torrijos cara a cara, sin tener la seguridad de que los opositores universitarios al Gobierno y a los tratados acudirían si se concretaba la reunión solicitada. Los universitarios detenidos fueron liberados esa tarde del 7 de septiembre.

El 9 de septiembre, de regreso a Panamá, Torrijos anunció en la plaza 5 de Mayo, ante una muchedumbre de seguidores, que el plebiscito nacional para la aceptación o el rechazo de los tratados se celebraría el domingo 23 de octubre de 1977.

El 14 de septiembre de 1977 fuimos sorprendidos por el rector Eligio Salas. Torrijos aceptaba la reunión con los opositores universitarios y nos esperaba a las 9 de la mañana en el Hotel Holiday Inn. Luego de consultas y un debate abierto en la Facultad de Derecho, el estudiantado aprobó acudir a la conversación.

Las «zancadillas democráticas» evitaron que el presidente del CED, Alberto Almanza, asistiera a la reunión. Pero el Círculo Camilo Torres (CCT) invitó a quienes creían en esa reunión a aprovechar la oportunidad y, según recuerdo, unos 70 estudiantes así lo hicieron.

A Omar Torrijos se le exigieron libertades democráticas para un debate abierto a todos, sin represión militar para nadie. El general escuchó, ripostó algunas afirmaciones de los estudiantes y se comprometió a facilitar el uso de los medios de comunicación que el régimen controlaba. De nuestras exigencias, quedó pendiente entonces el retorno de los exiliados. En abril de 1978, el Gobierno anunció que podían regresar al país; el 10 de junio de ese año volvió Arnulfo Arias.

A finales de septiembre y durante octubre de 1977 nació lo que se llamó burlonamente el «veranillo democrático», que abrió las puertas y las ventanas de la sociedad panameña; se abrieron calles, caminos y puentes para transitar hacia la democracia militante. Aquella apertura limitada no significó el fin del régimen militar y estuvo llena de incomprensiones, desconfianzas y exigencias del «todo o nada».

Pero la trinchera civilista y democrática de la Facultad de Derecho y la acción de los grupos universitarios de oposición movilizaron a la ciudadanía con el «no patriótico» en el plebiscito sobre los tratados. Nos tomamos las calles y también, en dos ocasiones, la histórica plaza de Santa Ana. Contamos con los pocos espacios en los medios de comunicación que se nos facilitaron en septiembre y octubre de 1977.

Según recuerdo, en aquella reunión con la oposición universitaria Torrijos se comprometió a algo que nadie podía creer: una página diaria en los periódicos del Gobierno, media hora diaria en Radio Nacional, cuatro programas de una hora en Canal 4, la imprenta universitaria al servicio de las publicaciones de la oposición universitaria, la presencia de los negociadores en el paraninfo universitario y ninguna represión militar durante el debate.

Sin lugar a dudas, a pesar de nuestros sectarismos, logramos movilizar a los ciudadanos para que llegaran a las urnas el domingo 23 de octubre con su voto por el no. Pero igual lo hicieron los torrijistas, mejor organizados y con una aplanadora publicitaria a favor del sí.

Una semana antes, en El Cañonero de Domplín, acusé al general Omar Torrijos Herrera de traicionar a los panameños.

‘Yo no soy un traidor’

Nueve días antes del plebiscito nacional, el 14 de octubre de 1977, Omar Torrijos se reunió con el presidente Jimmy Carter en la Casa Blanca. En un contexto de dificultades para la aprobación de los tratados por el Senado estadounidense, ambos acordaron una declaración de entendimiento sobre el Tratado de Neutralidad, que se hizo pública ese mismo día.

Cuando conocí por la prensa extranjera lo ocurrido en la Casa Blanca, el doctor César Quintero me alertó de que se trataba de un «pacto de caballeros» que le estaban imponiendo a Omar Torrijos. Aunque existía una declaración pública, mi preocupación era que Torrijos explicara directamente a los panameños el alcance de lo acordado.

Ni corto ni perezoso, acudí a El Cañonero de Domplín y acusé a Omar Torrijos de traicionar al pueblo panameño por no explicar qué había pactado con el presidente Carter. Le exigí que les hablara con franqueza a los panameños y que fueran ellos quienes decidieran.

Domplín y Pepe Zamora trataron de quitarle peso a mi denuncia, señalando que yo tenía una «bola de cristal» y que adivinaba lo que nadie sabía. Al rato, «el Viejo» estaba llamando por teléfono a la cabina de El Cañonero de Domplín y Roberto Díaz Herrera me pasó el teléfono.

Recuerdo que me dijo que él «no era un traidor». Le dije, entonces, que le hablara al pueblo panameño. Me dijo que hablaría. Me preguntó quién me había informado sobre ese «pacto de caballeros» y le dije que el doctor César Quintero. Me dijo entonces que tenía buenos profesores. Me recalcó que no me preocupara, que informaría a los panameños. Nos despedimos.

Unos días después, Omar Torrijos les hablaba a los panameños en una cadena nacional de radio y televisión y pedía el voto por el sí a los tratados. En mi recuerdo, aquella intervención no despejó suficientemente nuestras dudas sobre el alcance de lo acordado con Carter.

La declaración de octubre de 1977 se refería a la defensa de la neutralidad del Canal y al tránsito expedito de los buques de guerra y auxiliares de Panamá y Estados Unidos. También señalaba que lo acordado no debía interpretarse como un derecho de intervención estadounidense en los asuntos internos de Panamá.

Después, durante el proceso de ratificación de 1978 en Estados Unidos, se incorporaron enmiendas, reservas, condiciones y entendimientos. La disposición más problemática, a mi juicio, fue la conocida como reserva DeConcini, vinculada al Tratado de Neutralidad. Esta contempla que, si el Canal es cerrado o se interfiere con sus operaciones, Panamá y Estados Unidos pueden adoptar, cada uno por su cuenta, las medidas que consideren necesarias, incluido el uso de la fuerza militar en Panamá, para reabrirlo o restablecer sus operaciones. Su alcance provocó una fuerte controversia en nuestro país.

Las modificaciones aprobadas por el Senado estadounidense no fueron sometidas a un nuevo plebiscito en Panamá. Recuerdo que Torrijos las defendió calificándolas de potables. El 16 de junio de 1978 se firmaron los protocolos de canje de los instrumentos de ratificación de los tratados canaleros.

Meses antes, el plebiscito nacional del domingo 23 de octubre de 1977 se había desarrollado en un ambiente de tranquilidad. Los resultados fueron de aproximadamente un 67% de los votos válidos por el sí a los tratados y un 33% por el no.

Después de aquel domingo, el estudiantado aguerrido llegó a la trinchera de la Facultad de Derecho alicaído, derrotado, frustrado. No logramos comprender la lucha desigual en la que nos habíamos metido. Y, a pesar de esa realidad, no éramos conscientes de que Panamá ya no sería la misma: sin saberlo, el país había abierto un «portillo» hacia las libertades democráticas y los panameños seríamos más exigentes. No era todavía la democracia, pero habíamos conquistado espacios para reclamarla. A mi juicio, la trinchera de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá contribuyó a esa apertura.

Luego del plebiscito nacional, no volví a conversar con Torrijos hasta el encuentro que relato a continuación. Durante el debate canalero, había cumplido con abrir espacios para la oposición y permitir nuestras actividades sin la represión militar que habíamos sufrido antes.

A Omar Torrijos lo conocí personalmente el 14 de septiembre de 1977, en la reunión del Hotel Holiday Inn, y lo volví a ver un año después, cuando el Toro Balladares me llamó a gritos desde un automóvil que pasaba frente al Hotel Panamá. Al acercarme al carro, una persona me dijo en voz alta: «Yo no soy un traidor». Era el general Omar Torrijos Herrera.

El autor es político, exdirigente estudiantil y diplomático.