Me gustaba visitar a mi tío abuelo Ricardo J. Alfaro en su pequeña oficina y biblioteca, frente al parque Urracá. Usualmente, yo llegaba andrajoso después de mi juego de béisbol sabatino. Él me recibía siempre sonriente, entre papeles y con algún cuento que contarme. Fue electo magistrado y vicepresidente de la Corte Internacional de Justicia, en La Haya, para el período 1959-1964. Por lo tanto, a partir de mis 15 años perdí el contacto con él y con un gran maestro.
Recuerdo que, después de su regreso a Panamá como asesor del gobierno de Marcos Robles (1964-1968) en la negociación del nuevo tratado «tres en uno» con Estados Unidos, durante un almuerzo familiar manifestó: «Estamos cortos de tiempo, sin capital político, muy lejos de las justas aspiraciones panameñas y con las elecciones encima». Y añadió: «La suerte está echada».
Meses después, a solo once días de que Arnulfo Arias Madrid asumiera la Presidencia, se dio el golpe militar de octubre de 1968. Así pues, me tocó nacer en un país dividido territorialmente y después vivir 21 de mis años más productivos sometido a la bota militar. Sin duda, hemos logrado bastante después de aquella terrible invasión de 1989: recuperamos nuestra soberanía territorial, realizamos siete elecciones democráticas y operamos, administramos y expandimos exitosamente el Canal, entre otras cosas.
Sin embargo, de acuerdo con las actuales encuestas, seguimos muy lejos de las aspiraciones panameñas y con el país dividido. Democráticamente, no deberíamos tener excusas, pues hasta la última elección hemos cambiado cada cinco años la tripulación. Sin embargo, la gran nave del Estado sigue navegando sin un norte fijo.
Ante dicha realidad, sin duda, el problema somos todos los ciudadanos: educadores, políticos, profesionales, obreros, padres de familia, guías espirituales, etcétera, que definitivamente no estamos remando en la misma dirección o no sabemos a quiénes elegir ni qué queremos para nuestros hijos. Pedimos más leyes, pero no cumplimos las que tenemos; culpamos a la Constitución, pero la violamos; nos quejamos de nuestros legisladores, pero los seguimos reeligiendo; queremos salir de la pobreza, pero culpamos a los ricos; nos quejamos de la corrupción, pero anhelamos una botella. Y así seguimos con el rumbo equivocado.
Regresando al presente, veo claro a qué se refería mi tío Ricardo en aquel almuerzo familiar. Existe hoy una peligrosa situación a la que nos enfrentaremos el próximo año: un apócrifo proceso de cambio a la Carta Magna, la decisión de reabrir o no la mina de cobre y el inicio del importantísimo proyecto de Río Indio. En mi opinión, la actual Constitución sí necesita una reforma, pero lo que se está anunciando, de acuerdo con la «alfabetización», es una Constitución originaria, proceso que, de entrada, viola la actual Carta Magna.
Si analizamos bien el tema de la mina de cobre, veo enormes ventajas económicas en reabrirla: miles de nuevos empleos bien pagados y cientos de actividades comerciales, hoteleras, agrícolas e inmobiliarias, sobre todo en las olvidadas provincias centrales y en Colón. Además, habría muy buenos ingresos por regalías para el fisco —el precio del cobre se ha duplicado— y se podrían realizar las multimillonarias y necesarias obras de infraestructura en potabilizadoras, hospitales y carreteras a nivel nacional.
Pero me preocupa que sigamos hospedando en Donoso a la anterior empresa minera, que incumplió abiertamente nuestras leyes y la Constitución. Este hecho volvería a enardecer los ánimos nacionalistas o socialistas y privaría a cientos de miles de ciudadanos de la posibilidad de lograr una vida digna en los próximos 30 años.
Finalmente, siento que los viejos políticos nos están adelantando el calendario electoral y tienen en gestación otros seis posibles partidos nuevos que vamos a tener que mantener. Peor aún, están introduciendo, a su conveniencia y con juega vivo, nuevos cambios al Código Electoral.
Como dijo el Dr. Arias, la historia se repite en espiral y, a pesar de que tenemos ahora un gobernante proactivo y bienintencionado, no tiene capital político que lo sostenga. El «¿qué hay pa’ mí?» sigue esperando el maná prometido y, políticamente, cada cual sigue por su lado. Siento que, como dijo mi pariente hace 60 años, «la suerte está echada». Que Dios nos agarre confesados.
El autor fue ministro de Comercio e Industrias y embajador de Panamá tanto en Washington como en Italia.


