El año 2026 ha representado para los venezolanos un punto de inflexión en nuestra historia, marcada por dos acontecimientos: el 3 de enero, con la captura de Nicolás Maduro por militares estadounidenses en suelo venezolano en medio de una intervención militar; y el 24 de junio, con el doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudió a todo el país y dejó más de 6,000 fallecidos, más de 20,000 desaparecidos y pérdidas materiales de hasta 19,600 millones de dólares, según el Banco Mundial.
Ambos episodios impactaron de forma directa nuestros cimientos políticos. En primer lugar, la captura de Nicolás Maduro abrió la ventana a la transición política que demandamos los venezolanos el 28 de julio de 2024, en un proceso electoral en el que se proclamó al oficialismo en medio de fraude, vicios y escepticismo.
En segundo lugar, el doblete sísmico marcó emocional y espiritualmente a nuestro país, que, en medio de la angustia y la tristeza, se movilizó en masa para ser solidario con los afectados. El Gobierno nacional obvió esa solidaridad durante las primeras 72 horas del desastre y, en cambio, obstaculizó la asistencia al controlar vías para impedir el acceso de la ayuda humanitaria.
Ambos episodios de nuestra historia reafirmaron la convicción de nuestra gente de ejercer su libertad sin estar afiliada a ningún partido político. La mayoría de nuestro pueblo clama por la oportunidad de decidir sobre su futuro, el cual hoy luce esperanzador bajo una dinámica de relaciones cooperativas con el gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, esa oportunidad se debe concretar en un proceso electoral que legitime a nuestras autoridades nacionales.
La soberanía nacional, que reside intransferiblemente en los venezolanos, es la única capaz de dar legitimidad a sus instituciones por medio de elecciones. Es por ello que la transición es la única vía segura y confiable para que Venezuela sea un aliado creíble en el hemisferio.
La historia nos ha demostrado que estos procesos de transición son complejos, lentos y, en muchas ocasiones, incómodos. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿entonces la libertad tiene un costo? Sin duda alguna, la respuesta es sí, y nosotros estamos dispuestos a asumir el costo de nuestra libertad, de la mano de nuestros genuinos aliados, para, de una vez por todas, enarbolar las banderas de la verdad, la justicia y la paz duradera.
El autor es politólogo.



