En septiembre pasado se llevó a cabo la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, con el objetivo de “restaurar la confianza” y “generar resultados para todos”, pero todavía espero la cristalización de sus grandes pronunciamientos, de los cuales me llamaron la atención algunos aspectos: unos fueron muy acertados en sus contenidos, aunque no faltó el mentiroso que esperaba; muchos, muy diplomáticos, aunque no por razones políticas, sino por falta de valentía para expresar puntos de vista en sus debidos términos; otros, muy agresivos, pero con muestras de parcialidad. En general fueron muy “bonitos”, con un denominador común: sus oradores se abstuvieron de hacer mención de algún tema importante, al menos para este servidor. Persistió la insistencia en asuntos supuestamente de interés general, pero no se le prestó la atención requerida a diversos conflictos, desde Haití hasta África, que por demasiado tiempo afectan la paz regional; tal vez por su poco valor geopolítico.
Lo que no me causó sorpresa fue que a esas sesiones se presentaran delegados con el claro objetivo de desacreditar a la ONU, por mandato de quienes prefieren que esta desaparezca, porque desean seguir provocando guerras y continuar con acciones colonialistas. Invito al lector a consultar esos discursos.
Lo triste de todo ello fue que en Panamá no se cubrió como debía esa Asamblea, ni el discurso de nuestro presidente —y creo que lo mismo ocurrió en el resto del mundo—. Nuestro presidente no dejó de ser diplomático, acertado, etc. Sonó muy “bonito” que solicitara que América Latina tuviese un puesto permanente en el Consejo de Seguridad, aunque no encuentro sus razones, porque Latinoamérica nunca ha quedado sin representación y actualmente tenemos dos representantes, uno de ellos Panamá. Si tuviésemos un miembro permanente, lo más probable es que se redujera a uno la cantidad de delegados latinoamericanos. ¿Será que se desea el derecho a veto? Más que decir “no”, debemos validar nuestra presencia en ese Consejo con propuestas constructivas.
Urge restaurar el poder y el respeto que tenía la ONU. Su objetivo, “restaurar la confianza”, da muestra de lo que ha perdido. Tenemos que evitar que quede inoperante como lo es ahora la OEA,* y mucho menos que se convierta en una “cueva de ladrones”, como calificó al Parlamento Centroamericano uno de nuestros presidentes, quien posteriormente ingresó a ese organismo. ¿Por qué será?
Vivimos la zozobra de guerras iniciadas por grandes potencias, simplemente porque las más débiles desean actuar como naciones libres. Me pregunto si se repetirá lo de Afganistán y luego Irak. Admito que los terroristas se han replegado, pero no soy optimista, porque no sé quiénes ocuparán su lugar. Recordemos que las monarquías fueron reemplazadas por dictaduras y estas últimas por seudodemocracias oligarcas. Al menos los jóvenes en Europa protestan para hacer algo al respecto. ¡Les deseo suerte!
Todo esto me hizo recordar aquella famosa sesión del Consejo de Seguridad en Panamá (1973), cuando Panamá logró que dicho Consejo se reuniera por primera vez en América Latina para manifestar en suelo propio lo que acontecía en nuestro territorio. La cerca que demarcaba la antigua Zona del Canal y dividía la ciudad capital fue removida por Estados Unidos para no dejar evidencias del intervencionismo en Panamá ante las visitas venideras. Los discursos de la representación panameña no fueron diplomáticos: fueron respetuosos pero contundentes (invito al lector a leerlos). La resolución presentada por Panamá y Perú, que recogía nuestras justas aspiraciones sobre el Canal, obtuvo 13 votos favorables de los 15 miembros. El principal aliado de Estados Unidos, el Reino Unido, tuvo que abstenerse, demostrando estar consciente de que “el sol no se tapa con las manos”.
El veto estadounidense fue una de sus mayores derrotas, al punto de que su presidente en esos momentos, Richard Nixon, en el informe anual al Congreso manifestó: “El mundo ha cambiado… Panamá ha cambiado. Y los términos de nuestra relación deberían reflejar esos cambios en una forma razonable”. Desafortunadamente, los poderosos de hoy no desean mostrarse “razonables” ante los cambios, sino que prefieren imponer los suyos.
Ese mundo cambiante es liderado por la inteligencia artificial, que será más impactante que la televisión a mediados del siglo pasado. Y lo que es peor, todo ello se dará selectivamente: cuando niño tuve acceso al televisor de un vecino —y solo me exigía un buen baño—, pero la IA no será accesible a todos. En el terreno bélico, ese cambio se observa en el uso masivo de drones, capaces de causar tanto daño como una aeronave de alto calibre.
Debemos prepararnos para esos cambios e incluso sacar provecho de ellos, en lo posible. Tenemos que admitir que esa sed de poder económico y militar de las grandes potencias no cesará, porque siempre habrá un lugar estratégico, un mineral o un mercado de su interés. No podemos mantenernos dependientes del Canal. Debemos tener un inventario de todos nuestros recursos, porque en cualquier momento uno de ellos podría ser de interés internacional, y luego alguien querrá quitárnoslo a la fuerza. Por ello es impostergable conservar a las Naciones Unidas con sus objetivos originales.
El autor es profesor de química.



