Cuando les pregunto a mis pacientes qué buscan en una relación, la respuesta que más suelo escuchar es: “Quiero una persona que me dé paz”. Quieren una relación que fluya, que no haya conflictos a cada rato. Pero, al escucharlos más de cerca, lo que descubro es que, en realidad, no están buscando paz, sino calma. Y tiene sentido porque han atravesado relaciones difíciles.

Pero calma y paz, aunque se parecen, no tienen el mismo significado.

La calma es un estado momentáneo donde no hay conflicto. Todo está tranquilo, pero para que haya calma no es necesario resolver nada. Puedes evitar un tema importante porque te callas o porque decidiste dejar una discusión sin resolver. Las relaciones suelen ser calmas al inicio porque las personas se están conociendo, no hay profundidad, no hay roce, no hay conflictos ni diferencias. La calma es necesaria en la relación, pero no es suficiente para construir una.

Nadie quiere estar en conflicto constante. A veces tendrás que elegir calma al servicio de tus objetivos de ese momento: disfrutar de una cena, llegar tranquilo al trabajo. Pero, en otros momentos, tendrás que abordar los problemas.

El conflicto y la paz no son dos cosas distintas: son dos momentos del mismo proceso. Para que haya paz tiene que haber conflictos que la relación logre reparar, y esa reparación es la que abre el camino a una mayor conexión. La paz no es un regalo que alguien te da. Es algo que la relación tiene que trabajar. A través del conflicto, las relaciones descubren quiénes son, crecen y aprenden a negociar.

Un ejemplo. Cuando empezaron, ganaban parecido y dividieron todo a la mitad. No lo conversaron. Parecía lo justo. Tres años después, ella gana el triple y el acuerdo sigue igual. Nadie lo revisó. Ella propone un viaje o mudarse a un departamento más grande. Él dice que sí y después aparece incómodo. Contesta corto. Encuentra motivos para postergarlo. Ella deja de proponer cosas para no repetir la escena.

Cuando por fin lo hablan, la primera conversación termina mal. Él se siente humillado. Ella se siente acusada de malgastar la plata. Vuelven al tema varias veces con incomodidad y frustración. Pero lo hacen hasta descubrir que la mitad de todos los gastos ya no significa lo mismo para cada uno y que él prefería callarse antes que decir que no le alcanza.

Juntos terminan cambiando el acuerdo: cada uno aporta proporcionalmente a lo que gana. Para llegar a ese acuerdo de paz tuvieron que poner los números sobre la mesa, atravesar la incomodidad y el conflicto hasta poder reparar.

Muchas de las personas que buscan una relación tranquila vienen de una donde volver después de una pelea quedó siempre a cargo de la misma persona. Decirles que lo intenten más es el consejo equivocado. Ya lo intentaron y ahí aprendieron el límite: volver solo no alcanza. La paz no te la entrega una persona y tampoco la fabricas por tu cuenta. Se necesitan dos que puedan volver y reparar.

Nada de esto aplica cuando hay maltrato, coerción o manipulación ni cuando hay problemas que no tienen solución. Hablo de diferencias, roces y malentendidos, de los que surgen cuando las relaciones se profundizan.

Por eso, cuando estás eligiendo con quién estar, ya sea pareja, trabajo o amigos, no busques tranquilidad o falta de conflictos. Mejor observa qué hace el otro cuando los problemas aparecen: si se retira y castiga con el silencio indefinido o si puede volver al día siguiente y retomar la conversación. Eso es lo que más importa. Y esa información solo la vas a tener después del desacuerdo real, no antes.

Cuando un paciente me dice que quiere a alguien que le dé paz, no trabajamos la expectativa. Trabajamos la pregunta que tiene debajo: con quién puedes discutir y volver.

El autor es psicólogo clínico.