Hay mundos donde el agua cumple su ciclo y nadie la interrumpe, la ensucia ni la cuida. No están en la Tierra. Son los exoplanetas, planetas que giran alrededor de otras estrellas. Allá no hay ciclo social del agua. No hay juntas, ni Idaan (Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacional), ni una ciudad que devuelva al río lo que usó en la mañana. Solo hay ciclo natural. Por eso nos enseñan algo que el dibujo de la escuela no dice.

Hace unos quince años, astrónomos dirigidos por Giovanna Tinetti confirmaron vapor de agua en planetas lejanos, enormes y muy calientes. La molécula de agua estaba. Lo que no se podía decir era cuánta agua había. Ver una señal no es medir el tanque.

Si el planeta gira cerca de su estrella, el calor y la radiación convierten el agua en vapor y empujan parte de ese vapor al espacio. El planeta la pierde. Aquí el Sol también evapora, pero la lluvia devuelve al suelo lo que subió. Allá, una buena parte no regresa. Por eso tantos mundos cercanos parecen desiertos por fuera, aunque hayan nacido con agua.

Estudios más recientes de la NASA complican el cuadro. En varios de esos planetas, la roca está derretida, como una sopa. El agua se disuelve, se pega a gotas de hierro y se hunde hacia el centro, lejos de la estrella. Un planeta que desde afuera parece seco puede estar, por dentro, empapado. Algunos incluso fabrican agua propia al contacto entre esa roca fundida y una atmósfera rica en hidrógeno.

Nadie allá decide tratar el agua. Pero cambia la cuenta que hacemos en casa, porque aquí, en casa, sí existe un ciclo social, tal como lo describo en mi reciente libro La naturaleza social del ciclo del agua (Editorial Piedrasanta, 2026, Guatemala).

El dibujo escolar de la Tierra —un corazón de hierro, roca y los océanos encima— no es falso. Es incompleto. En el manto, a cientos de kilómetros, cabe el equivalente a uno o varios océanos, disuelto en la roca. En el núcleo hay hidrógeno atrapado en el hierro: experimentos de 2026 lo calculan en el equivalente a varios océanos más. No es un pozo. Es una reserva de millones de años que no entra en el ciclo de la pluma.

La consecuencia no es que nos sobre agua. Es la contraria. El agua que vemos —la que cae, brota en un río y llega a una casa, a una esclusa o a una turbina— es una capa delgada. El ciclo profundo opera en tiempos geológicos. El ciclo social opera en días. Confundirlos es la raíz del problema.

Panamá lo confunde. Tiene 52 cuencas, más de 500 ríos y una lluvia que parece infinita. Aun así, pierde cada día entre 120 y 130 millones de galones en redes viejas. El IDAAN cubre apenas cerca del 70 por ciento de sus costos. Más de 15 instituciones, 34 leyes y unas 3,500 juntas rurales no cierran un mismo ciclo. Ver que llueve no es medir el tanque.

En abril escribí aquí cuatro lecciones, después de recorrer la cuenca del Canal, de Miraflores al Atlántico: 1) las cuencas son el activo, no un adorno; 2) la coordinación tiene que funcionar, no solo existir en una ley; 3) la ingeniería sirve si va con la naturaleza; y 4) la idea de que «siempre llueve» ya cobró su costo en 2023. Hoy esas lecciones se quedaron cortas.

El lago Gatún es identidad nacional, tanto como el mismo Canal; es el tanque de las esclusas y fuente de agua de más de la mitad del país. Entre mayo y septiembre de 2026, llovió en su cuenca un 30 por ciento menos de lo esperado. El Niño, declarado emergencia el 26 de agosto hasta junio de 2027, no inventa la crisis: la desnuda. Once cuencas están en estrés. Se informa que en Capira se espera el camión cisterna de agua.

Tampoco el agua vuelve limpia. Hay 37 plantas de aguas residuales colapsadas. Lo que no se trata llega a ríos que después alimentan potabilizadoras. Se puede tener un 92 por ciento de cobertura y amanecer sin agua en Pacora porque se tapó un pozo de succión. La cobertura mide la promesa. El ciclo social mide si el agua realmente regresa.

Río Indio puede agrandar el tanque, para el Canal y para la gente. Hace falta, pero no basta. Un embalse nuevo, si el agua se pierde en la red o vuelve sucia, solo aplaza el error. Perforar pozos sin estudio, porque el río bajó, es gastar en días lo que no se repone en días.

Los exoplanetas nos dan una lección: el agua de la superficie se puede perder, y la del interior no nos llega a tiempo. La que sí tocamos es la única a escala humana. En Panamá mueve esclusas, las hidroeléctricas de Bayano y Fortuna, la olla del Arco Seco y la pluma en cualquier casa de Arraiján. Llamarla seguridad nacional no es una metáfora.

La escuela sigue pidiendo dibujar nubes, el Canal y el mar. Haría mejor en pedir que un niño camine hasta la toma de su comunidad, mida el agua antes y después del pueblo y visite una planta de tratamiento o constate que no funciona. De los exoplanetas aprendemos el tamaño del ciclo natural. Del Idaan, de las juntas y de la Autoridad del Canal depende el tramo que sí está en nuestras manos. El camino es repensar el ciclo social del agua, reusar el agua y cuidar nuestras zonas de recarga. Esa es una lección universal.

El autor es ingeniero químico con especialización en matemática. Actualmente dirige el Instituto de Investigaciones de Ingeniería de la Universidad de San Carlos en Quetzaltenango.