Me enteré hace poco, que la Universidad Estatal de Arizona (ASU) creó este año una licenciatura para formar “influencers”, mediante la cual, se busca preparar a la próxima generación de creadores de contenido, y de paso formalizar dentro de lo posible, esta tendencia moderna de comunicación, liderada por la Generación Z, -denominada así, a la generación de jóvenes que crecieron rodeados de internet, teléfonos inteligentes y redes sociales desde su infancia. La Generación Z, agrupa a las personas nacidas aproximadamente entre 1997 y 2012-.

Con la creación de esta carrera universitaria, la cual imagino, será implementada muy pronto en las facultades de comunicación de las demás universidades del mundo incluyendo las nuestras, esperemos que se constituya la misma, en un saludable intento por ordenar y legitimar esta actividad de la comunicación, que, en la actualidad, le permite a todo aquel que así lo desee, libre de responsabilidades éticas, crear publicaciones de gran impacto social, en formatos de video y podcast en las diversas plataformas de redes sociales.

Los aspirantes a “influencers” que se cuentan por miles o millones en todo el mundo, tendrían así, un plus adicional para desarrollar con mejor criterio, su marca personal para afrontar los desafíos éticos de esta nueva industria de la comunicación, que irremisiblemente se ha implantado en nuestro planeta como una moda global.

Al margen de esta novedad, lo cierto es que en los actuales momentos, cualquiera con acceso a internet, datos móviles, un celular o un teclado, se siente autorizado y además capacitado, no solo para opinar, sino para pontificar, muchas veces desde la ignorancia más cómoda y profunda del anonimato, su propia miseria intelectual, sobre la cual desafortunadamente, se construyen en ocasiones, los cimientos de los Estados fallidos cuyos gobiernos fundamentan el ejercicio de su función, en el populismo, la distorsión de la información y el condicionamiento amañado de la opinión pública, mediante la estructuración de falsos liderazgos, que avenidas de comunicación masiva como éstas, amparadas mayormente en la frivolidad de rating de popularidad, les proveen con facilidad, mediante la difusión de campañas mediáticas manipuladas y disponibles al mejor postor.

Hoy, con el uso de la digitalización, las redes sociales, las plataformas y todas las demás formas de tecnología informática, incluida la Inteligencia Artificial (IA), se cuenta con la capacidad de modificar o bloquear cualquier atisbo de una opinión pública que pudiera alinearse con los principios de una, todavía existente, pero frágil democracia, cada vez más fatigada y ultrajada, debido a los excesos de quienes ejercen el poder a expensas del voto recibido en las urnas, el cual utilizan como óleo crismal, sintiéndose por ello, ungidos y liberados de rendir cuentas a nadie. Ello explica, por ejemplo, el desmedido interés del presidente Trump en promover y defender la IA como eficiente aliado para ayudarle a mantener el control del poder en la cada vez más desdibujada y criticada democracia de su país.

Otro de los mayores peligros sociales o efectos colaterales de la práctica de estas formas de comunicación modernas, incluido el uso de la IA, por parte de muchos de los llamados influencers, es en efecto, la distorsión de la verdad o desinformación en cuanto a temas sensibles; solo que incluso el peligro que se deriva del accionar de estos nuevos supuestos paladines de la información actualizada, va mucho más allá; sobre todo entre la juventud, ante millones de seguidores cotidianos que los siguen con pasión, y sobre quienes son capaces de implantar hábitos de consumo, lenguaje y posturas sociales, no siempre deseables,

A propósito, la última encíclica del Papa León XIV, Magnífica Humanitas, nos advierte con gran precisión, de este inminente peligro al que nos enfrentamos como civilización. Por fortuna, al menos el Vaticano ha reubicado el problema donde verdaderamente pertenece al señalar que: - la verdadera encrucijada de la civilización, no se debate en los laboratorios de Silicon Valley, sino en una transición silenciosa e implacable: el paso de la Razón a la Red-.

En efecto, al delegar el discernimiento a sistemas cuyos procesos lógicos internos resultan inescrutables, no solo ignoramos el origen del dato, sino que renunciamos a la naturaleza misma del juicio crítico. Consumimos conclusiones automáticas como si fueran revelaciones, convirtiendo la confianza técnica en un dogma ciego que anula la necesidad de verificar la verdad.

León XIV sintetiza lo antes dicho con gran claridad y sencillez en el cierre de su encíclica cuando nos dice: -Al saturar el espacio público con narrativas falsas altamente sofisticadas, la IA erosiona el suelo común sobre el cual construimos nuestros juicios. La inteligencia artificial devorará el conocimiento acumulado de los siglos, pero es intrínsecamente incapaz de engendrar la sabiduría necesaria para gestionarlo. El veredicto ético es inapelable: la técnica debe estar al servicio de la persona, y no al revés. En un mundo encandilado por la velocidad de la Red, nuestra única salvación consiste en salvaguardar, con lucidez y coraje, la soberanía de la Razón-.

El autor es escritor y pintor.