Las réplicas del terremoto siguen, no solo las físicas, sino también las morales y políticas. Aquel sismo sin víctimas mortales sacudió los bajos fondos de la política panameña e hizo aflorar, en el paraíso de la corrupción y el juegavivo, a las ratas del takilleo, a los que se hacen fotos y llenan las redes con ayudas a los damnificados, invocando a Dios y violentando cualquier decencia.

Tan depauperados están los ciudadanos que no tienen tiempo ni ganas para nada que no sea que les solucionen algo, y no les importa perder cierta dignidad, total ya se la robaron hace años, y se prestan para salir, a su pesar, en videos y fotos que fijan al carilimpio de turno, al que no sabe hacer nada sin que todo el mundo lo sepa, que tiene en sus redes la única forma de hacerse ver como trabajando en favor de la comunidad, y tienen su público de miles de seguidores tan sinvergüenzas como ellos.

Es indecente escuchar a políticos hablar de ayudas cuando en realidad lo que tienen que hacer es su trabajo. Es asqueroso oír cómo se rofean unos a otros, desafiándose a poner más ayudas, como si nuestros compatriotas no tuvieran derecho a ser asistidos por los funcionarios que eligieron para administrar los recursos de todos, pero nada, les hemos hecho el juego, y se creen que ellos son los dueños de las «ayudas», que son nuestros recursos.

Lo de que «no sepa tu derecha lo que hace tu izquierda no se lo saben» los takilleros, que lo busquen en el Nuevo Testamento, pero sí que les gusta invocar a Dios todo el tiempo, y no les da miedo que los mate al instante por sacrílegos, porque cuentan con la capacidad cómplice del resto de los panameños de sumergirse en las supersticiones o herejías que se invoquen, que dan alas al takillero en un paraíso que ya no lo es desde hace tiempo.

El autor es escritor