La intención del grupo independiente Vamos de constituirse en un partido político formal responde a un giro estrictamente estratégico. Tras un ciclo electoral en el que demostraron que es posible desafiar el dominio de la partidocracia tradicional, este paso surge más como una necesidad de supervivencia que como un ideal. El sistema panameño actual está diseñado para asfixiar la libre postulación; las barreras burocráticas, el acceso desigual al financiamiento y las trabas en la recolección de firmas son muros pensados para que los ciudadanos de a pie desistan. Que Vamos decida competir con las mismas herramientas del sistema legal es un movimiento práctico para no quedar fuera del juego.
Sin embargo, la buena voluntad y el idealismo no bastan. Celebrar la llegada de caras nuevas con valores éticos es un alivio, pero depender exclusivamente de la moral de los gobernantes es un error histórico que Panamá ha pagado caro. La historia patria está plagada de figuras “virtuosas” que, una vez instaladas en el engranaje estatal, cedieron ante los incentivos perversos de un sistema hiperpresidencialista y clientelar.
Las tentaciones del poder político en nuestro país son inmensas. Esperar que un “ángel” nos gobierne sin corromperse es jugar a la lotería. Ningún movimiento es inmune a la erosión que causa el ejercicio del poder. Por ello, el verdadero desafío no termina con la creación de un nuevo partido limpio. El fin último debe ser la transformación radical de las reglas del juego a través de verdaderos cambios constitucionales.
De nada servirá llevar a los mejores hombres y mujeres a la gestión pública si deben operar dentro de un marco constitucional diseñado para debilitar las instituciones y proteger los intereses de siempre. Cambiar este engranaje no será fácil; se enfrenta a un diseño estructurado deliberadamente para perpetuarse. Necesitamos reformas profundas que ataquen la raíz del problema. Esto exige una verdadera separación de poderes que impida al Ejecutivo manipular los demás órganos del Estado. Implica transformar el Órgano Legislativo, arrancar de raíz la impunidad, eliminando fueros y privilegios procesales, y blindar constitucionalmente la carrera administrativa frente al clientelismo. Sin una justicia con total independencia, cualquier renovación es un espejismo.
Es ingenuo e insuficiente que esta organización independiente se ampare en la promesa de que “ellos sí harán las cosas bien”. Si no despertamos, este intento corre el riesgo de convertirse en otro canto de sirena para el país. La ciudadanía no puede conformarse con promesas de honestidad ni con las buenas intenciones de un grupo; sin estas reglas generales actualizadas, cualquier promesa de renovación ética quedará completamente neutralizada por la inercia corrupta del propio sistema.
Lograr un cambio real no es misión exclusiva de una sola fuerza política. Es sumamente cómodo pensar que otros van a venir a resolvernos el futuro; la realidad es que esta es una responsabilidad histórica y una lucha que nos pertenece a todos como ciudadanos. Es hora de dejar atrás la comodidad y la conformidad pasiva mientras unos cuantos lucran descaradamente a nuestra costa. Una ciudadanía educada y consciente debe entender que el voto no es un cheque en blanco basado en la fe en un líder o una organización. La verdadera madurez democrática radica en activarse, organizarse y exigir los cambios necesarios desde las calles y el debate público, desconfiando sistemáticamente del poder, sin importar quién lo ejerza. El célebre padre fundador de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, resumió la desconfianza ciudadana hacia los gobernantes con una advertencia tajante: “En cuestiones de poder, no se hable más de confianza en el hombre, sino atadlo para que no haga daño con las cadenas de la Constitución”.
El nacimiento de un nuevo partido surgido de la libre postulación es una excelente noticia para dinamizar la oferta electoral. Pero su prueba de fuego no será cuántas curules logre sumar, sino el compromiso real de impulsar las cadenas constitucionales que limiten, incluso, el propio poder en el futuro. Solo así dejaremos de rezar por un gobernante virtuoso y empezaremos a construir un sistema de frenos y contrapesos institucionalmente inquebrantable, capaz de encadenar las ambiciones del poder.
La autora es arquitecta.

