El 15 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Democracia, fecha que nació en 2007, cuando la Asamblea General decidió dedicar un día del calendario mundial a recordar algo que parece obvio hasta que se pierde: que gobernarse a sí mismo, mediante instituciones que responden al pueblo y no al revés, es una conquista frágil y reciente en la historia de la humanidad. Más que una fecha de fiesta o de discursos huecos, es una invitación a reflexionar sobre el sistema en que vivimos.
La mencionada conmemoración tiene su génesis en la Declaración Universal sobre la Democracia, adoptada por la Unión Interparlamentaria, y en las conferencias internacionales sobre democracias nuevas o restauradas, iniciadas por la presidenta filipina Corazón Aquino tras la caída del régimen de Ferdinand Marcos. Estos esfuerzos contribuyeron a situar la promoción y consolidación de la democracia en la agenda internacional.
Panamá conoce este tema en carne propia. Nuestra historia política no ha seguido una línea recta, sino un camino sinuoso marcado por golpes, dictaduras e invasiones. Quienes hoy tenemos memoria —y cabellos canosos— sabemos que la democracia, que apenas lleva unas incipientes tres décadas y media consolidándose, puede desquebrajarse con un estornudo.
¿Qué hacer, entonces, además de dedicarle una fecha y olvidarla al día siguiente? La respuesta no está en gestos grandilocuentes ni en guarachas, sino en hábitos pequeños y sostenidos: realizar cada actividad con dedicación y amor al bienestar común; seguir, gota a gota, poco a poco, dando lo mejor de uno, aunque parezca poco o nulo. Enseñar a las nuevas generaciones que disentir no es traicionar, que la crítica a una institución no equivale a desear su desaparición y que el estudio y el conocimiento son las mejores herramientas para el bienestar y la dignidad de los habitantes de esta hermosa nación.
La democracia panameña ha demostrado, en los últimos años, una capacidad notable de autocorrección, con buenos y muy aceptables procesos electorales, alternancias pacíficas del poder y una sociedad civil que se moviliza cuando siente que algo se está descomponiendo. Por ello, no está de más seguir repitiendo, hasta lograrlo: cumplir nuestras responsabilidades con honestidad y respetar a quienes piensan distinto. Así, poco a poco, avanzamos hacia el bienestar común.
La reciente conmemoración sirve, entonces, para recordar algo que trasciende cualquier fecha del calendario: todos los días tenemos mucho que aportar. Desde las aulas, los trabajos, el hogar o una conversación, podemos hacer nuestra parte para que la democracia siga creciendo y fortaleciéndose.
El autor es abogado, asesor en el Tribunal Electoral y miembro del Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional

