Mi deuda con Alfredo Castillero Calvo

En la década de 1970, trabajando en instituciones estatales, un libro del historiador panameño ayudó a Stanley Heckadon a presentar a estudiantes la realidad social, histórica y campesina del país, resaltando la importancia de conocer el pasado para comprender el presente.

Mi deuda con Alfredo Castillero Calvo
Fachada de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena en Santiago de Veraguas. Cortesía/El Digital, Panamá

En 1970 regresé a Panamá luego de una década de estudiar y trabajar en el extranjero.

Fue mi fortuna trabajar en dos instituciones que me sirvieron de escuela sobre las realidades del país. Primero con la Dirección General para el Desarrollo de la Comunidad, como responsable de asuntos indígenas, recorriendo Darién, San Blas, Bocas del Toro, Chiriquí y Veraguas. Luego en la Dirección General de Planificación de la Presidencia, en la Comisión de Estudios Interdisciplinarios para el Desarrollo de la Nacionalidad, ubicada en el barrio de San Felipe, parte trasera del Palacio de las Garzas.

Un día apareció nuestro jefe, Reinaldo Decerega, en busca de dos voluntarios para ir a Santiago de Veraguas y dar una presentación sobre La Estrategia Nacional de Desarrollo en un evento de la Federación de Estudiantes de Panamá. La FEP acusaba a los de Planificación de ser lacayos del imperialismo y Chicago Boys, el peor de sus epítetos.

A los días volvió Reinaldo. Dijo que como nadie se había ofrecido ir, él, dedocráticamente, había escogido dos voluntarios, a Edmundo Eduardo y a mi. Mi jefa inmediata, Ana Hernández de Pitti, doctorada en Francia en geografía, asintió. A la sazón, además del tema indígena, estaba evaluando los logros y fracasos de los asentamientos campesinos de la Reforma Agraria que Naciones Unidas había solicitado, tarea que luego me llevaría a realizar la maestría en sociología en Inglaterra.

Planificación tenía una buena biblioteca, inusual para instituciones estatales.

Camino a Santiago, le pregunté a Edmundo de dónde era su apellido. Me dijo que originalmente era Eduard y de la Martinica. Como la situación en la isla estaba mal, su abuelo, enterado que los franceses construían un canal por Panamá, embarcó la familia en un cayuco a vela, alcanzaron Venezuela y siguiendo la costa de Colombia llegaron a Colón. Allí le cambiaron el apellido a Eduardo.

Edmundo sería el primero en su familia en graduarse de la Universidad de Panamá.

Preguntó por mi apellido. Dije que mi papá era de Estados Unidos y vino con la Chiriquí Land Company. Que la familia de mi mamá era de Alanje, conservadores y que, por la Guerra de los Mil Días perdieron todo y emigraron a las selvas del Chiriquí Viejo. Mi mamá era graduada de la Normal Rural en David y de las primeras maestras de la escuela pública de Puerto Armuelles. Fue la primera de su familia en graduarse de la Universidad de Panamá de noche y de día laborando dos turnos en el Centro Manuel Amador Guerrero, en Chorrillo. Tenía años de ser profesora de inglés en el Colegio Félix Olivares, en Chiriquí. Además era agricultora mecanizada.

En Santiago fuimos a la Normal. El Aula Máxima estaba repleta de líderes escuchando encendidos discursos con vivas a la revolución cubana, gritos de abajo al imperialismo y la oligarquía.

Mi deuda con Alfredo Castillero Calvo
Auditorio de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena en Santiago de Veraguas. Flickr/Jaime Justiniani

Buscando tranquilidad fui al Obispado. Monseñor Martín Legarra me facilitó la biblioteca, donde leí el material que traía y tomé notas en mis tarjetas index que aún guardo.

Valiosísimo y oportuno, encontré el libro publicado por Planificación en 1970, La Sociedad Panameña Historia de su Formación e Integración, de Alfredo Castillero Calvo.

A las 7:00 p.m. volvimos al aula. Los lideres cenaban. Cuando volvían pasaban frente al auditorio, se asomaban y seguían. No entraban. Salí a la puerta a ver por qué. Venía por el pasillo un grupo y uno de los estudiantes comenta: “Ahora si estamos jodidos, para hablarnos de Panamá los de Planificación nos mandan a un chombo y a un gringo”.

En otro grupo venía un estudiante que se detiene, me mira y pregunta: “¿Oiga usted no es el hijo de la profesora Nenga Moreno en el Félix Olivares?”. Dije sí. Entonces gritó: “Oigan, los chiricanos, entren, va a hablar el hijo de la profesora Nenga del Félix Olivares”.

Entraron los chiricanos y luego los de otras provincias. Primero habló Edmundo, luego yo. Les comenté que para hacer la revolución había que conocer el pasado, por lo que les haría algunas preguntas sobre Veraguas en base al libro de Alfredo Castillero, a quien desconocían; que comentaría el Plan Veraguas hecho por el obispado de Veraguas en tiempos de monseñor Marcos McGrath, terminando con mis observaciones sobre las regiones campesinas e indígenas que había trabajado.

Mi deuda con Alfredo Castillero Calvo
14 de noviembre de 2025. Alfredo Castillero Calvo y Stanley Heckadon en la presentación del libro ‘Historia y Globalización: Ensayos en homenaje a Alfredo Castillero Calvo’. Cortesía/Sonia Heckadon

Les pregunté las fechas de fundación de los pueblos de Veraguas... silencio. Sobre el papel de las minas de oro y el impacto de su cierre en la dispersión de la población hacia Chiriquí... silencio.

Saqué mis tarjetas. Describí el contrapunto entre la serranía del Tabasará y las sabanas, las encomiendas, la de blancos con y sin encomienda, de mestizos e indígenas. Del Veraguas colombiano y con la república, de los resultados del Censo Nacional de 1970, de la concentración de la propiedad de la tierra, la emigración a las ciudades, las viviendas sin agua potable, con pisos de tierra y techos de penca. Por último, compartí pasajes de mi andar en las zonas remotas.

Me escucharon con interés y me permitieron más tiempo. Al final, aplaudieron. Respiré aliviado.

Me dije que algún día agradecería a este historiador que hace medio siglo me salvó de los tigrillos en la Normal de Santiago.


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