El español es un organismo de una potencia extraordinaria. Con más de 600 millones de hablantes en el mundo, nuestra lengua ha logrado la proeza sistémica de mantener una norma estándar que garantiza la unidad en medio de una asombrosa diversidad de variedades locales. Esta convivencia de capas no es un síntoma de fragmentación, sino una manifestación del fenómeno lingüístico denominado diglosia funcional.
En Puerto Rico, este fenómeno alcanza una sofisticación singular. Tras más de 530 años de historia, la lengua de Castilla se ha mantenido con una resistencia cultural admirable, incluso ante la presión del inglés. El hablante boricua no habita un caos lingüístico; habita un sistema de códigos que se activan según el contexto. Existe un código para la exportación y un código para la identidad.
La norma estándar es el vehículo de la diplomacia cultural y la inteligibilidad global. Es el registro que permite que un mensaje nacido en San Juan sea comprendido en Madrid o Tokio. El gran laboratorio de este estándar es la salsa clásica. El Gran Combo, en su emblemático tema Un verano en Nueva York, adopta la norma fonética estándar en la voz de Andy Montañez. Al cantar: “Si usted quiere ver se tiene que ir a Nueva York”, Andy produce la vibrante alveolar de forma impecable. Ver al arzobispo de Nueva York, en una homilía, tararear ese estribillo confirma la fuerza de la norma estándar y de la música popular.
Gilberto Santa Rosa personifica ese estándar de prestigio. Su dicción es una herramienta de precisión que garantiza que su arte sea recibido en cualquier rincón del mundo. El fenómeno lo observamos también en México con Luis Miguel y con Carlos Gardel, quien suavizó su registro porteño para universalizar el tango.
Con este estándar convive el dialecto local, el español boricua. Es el registro del afecto y de la resistencia. Benito (Bad Bunny) ejerce una acción extraordinaria de afirmación dialectal: decide, ante audiencias de millones, proyectar el código de identidad en lugar del de exportación. Cuando pronuncia Nueva Yol o utiliza la vibrante velarizada —esa jota suave que sustituye a la vibrante múltiple en palabras como perro (/pejo/)—, marca su soberanía lingüística. Trump declara que no lo entiende. Tampoco quiere.
Los estudiantes de español en China o en el mundo árabe deben saber que el código de Benito es una variedad vernácula: legítima y funcional, pero distinta de la norma de Santa Rosa o Montañez. Variedades vernáculas las hay en Neuquén, Valparaíso, Antigua y en Colón, donde nació el reguetón, plataforma musical de Benito.
Este equilibrio es natural en nuestra lengua. El bolero lo resolvió desde su origen mediante el uso predominante de la norma estándar. Manzanero, cuya lengua nativa era el maya, abrazó el castellano estándar para dotar a sus temas de una elegancia universal.
Que el mundo distinga estos códigos. La unidad de los 600 millones reside en el respeto a la norma estándar, pero la riqueza del idioma palpita en sus variedades. Benito ha logrado que sonidos antes percibidos como ininteligibles entren, con naturalidad, en oídos no acostumbrados.
El autor es periodista, filólogo y docente.
