En un país donde el 33% de la población no conoció la reversión y más del 45% no reconoce que en Panamá hubo una sucesión no lineal de luchas generacionales —sello invisible de la cara visible de la moneda de oro del pujante Panamá de hoy—, hemos perdido la capacidad de honrar en vida a quienes contribuyen al engrandecimiento nacional. La llamada “Era del Desencanto”, del filósofo francés Gilles Lipovetsky, explica que vivimos una época marcada por el hiperindividualismo y la desafección hacia figuras ejemplares que inspiren. Ello convierte nuestra realidad nacional en un mundo liviano, sin referentes que convoquen grandeza, donde entre ferias y folclores se privilegia la gratificación inmediata y, por ego u otras razones, se diluye la figura del héroe, porque exige constancia, esfuerzo y sacrificio.
La reciente decisión de la Corte Suprema de Justicia que declaró inconstitucional el contrato de concesión portuaria de Panama Ports abrió un capítulo complejo para el país. La magnitud jurídica, económica y operativa del fallo exige una transición ordenada, técnicamente impecable y políticamente madura. En ese contexto, el Órgano Ejecutivo designó al ingeniero Alberto Alemán Zubieta para coordinar el proceso. La reacción nacional fue inmediata. Nada es casual: todo es causal cuando las trayectorias hablan por sí solas.
Durante más de un siglo, la mayor duda del mundo sobre Panamá no fue su Canal, sino su capacidad para administrarlo. En los años noventa, cuando se acercaba la fecha del traspaso, abundaban caricaturas que nos retrataban como incapaces, inexpertos o inmaduros. En ese clima de sospecha, Alemán Zubieta recibió el timón: primero como líder técnico del Blue Ribbon Engineering Committee (BREC), luego como administrador de la Comisión del Canal y finalmente como primer administrador de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP).
Para recibir el Canal en 1999, Panamá no necesitaba solo un gerente; requería a alguien que mirara el cielo con los pies en el suelo. Eso fue Alberto. En 1995 propuso que la evaluación del estado físico-operativo del Canal la realizara un equipo panameño multidisciplinario y no una firma extranjera. Ese gesto marcó toda su gestión: confianza en la capacidad nacional, compromiso con la excelencia y cero complejos ante el mundo. Así nació el BREC, un laboratorio de conocimiento panameño que permitió auditar, mejorar y preparar la vía interoceánica.
Como administrador, enfrentó la resistencia más peligrosa de toda transición: la interna. Los directivos de la Panama Canal Commission se oponían a decisiones clave para modernizar la vía. En una reunión crucial, cuando negaron su respaldo al ajuste de peajes necesario para preparar el Canal para el siglo XXI, Alemán no titubeó. Defendió el interés nacional con firmeza y argumentos técnicos. La Junta Directiva lo respaldó. Ese día comenzó la nueva cultura del Canal de Panamá.
Reformó también la relación con los clientes. De usuarios cautivos pasaron a ser socios estratégicos. Visitó a las principales navieras, escuchó sus necesidades y fundamentó los cambios requeridos para mantener la competitividad. Ese giro cultural —del silencio burocrático al diálogo estratégico— redefinió la reputación internacional del Canal bajo administración panameña.
Su liderazgo permitió modernizar sin discriminar, ordenar sin despidos masivos y construir confianza donde antes había temor. Pero su mayor legado institucional fue la gobernanza. Bajo su conducción se consolidaron el Título Constitucional del Canal y la Ley Orgánica de la ACP, aprobados con consenso político y social, blindando al Canal contra la politiquería y los vaivenes electorales.
El Canal no solo siguió funcionando: prosperó, se modernizó, ganó credibilidad y devolvió miles de millones al país. Con estudios rigurosos, participación nacional y un referéndum histórico, Panamá dio el salto hacia la ampliación de una vía influyente a escala global.
Nuestro país seguirá siendo imperfecto, habitado por seres humanos imperfectos. Pero siempre será necesario honrar a quienes dejan huella. En tiempos de desencanto, reconocer la excelencia no es nostalgia: es responsabilidad. Chapéu, Alemán.
El autor es doctor en ciencias, educación social y desarrollo humano y coordinador de la Memoria Histórica del Canal.

