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Cómo esta panameñita crea su identidad

Esta panameñita no pretende explicar Panamá, empresa ambiciosa y generalmente fallida, ni mucho menos representarlo, tarea que suele asumirse con sorprendente ligereza. Se limita a observarlo, que ya es bastante. Las identidades nacionales, conviene recordarlo, no caben en consignas ni en afiches patrióticos, por más que se repitan con entusiasmo. Por eso, su identidad no nace de verdades solemnes, sino de una acumulación paciente de dudas.

Creció en un país que se define con rapidez y se cuestiona con desgano. No porque falten ideas, sino porque abundan los atajos: símbolos que se repiten hasta el cansancio, orgullos automáticos que no exigen explicación y debates que mueren jóvenes, antes de incomodar a alguien. No ocurre siempre ni en todos los espacios, desde luego, pero ocurre lo suficiente como para convertirse en costumbre. Y las costumbres, aunque se normalicen, también hablan.

Muy pronto entendió que pensar en voz alta no siempre es bien recibido. A veces no genera diálogo, sino desconfianza; no por el contenido, sino por el exceso de reflexión, ese vicio sospechoso. En ciertos contextos, detenerse a pensar parece una complicación innecesaria, casi una falta de pragmatismo. Esta panameñita lo registra sin dramatismo: no se escandaliza, toma nota. Escandalizarse sin entender suele ser otra forma —muy popular— de participar.

No idealiza la cultura ni demoniza al país, porque ninguna sociedad necesita más mitos de los estrictamente necesarios. Le resulta, eso sí, llamativa la facilidad con la que se opina sobre todo y la dificultad con la que se asume responsabilidad sobre algo. Opinar es cómodo, rápido y gratuito; hacerse cargo implica tiempo, coherencia y, peor aún, constancia. No es una acusación general: es una escena recurrente en la conversación pública.

El lenguaje, por supuesto, no es inocente. Habla con acento panameño, piensa sin pedir permiso y escribe con cuidado, consciente de que el tono suele utilizarse como coartada para no decir nada. La ironía le sirve, pero no como refugio: sabe que el sarcasmo sin argumento es apenas ruido con pretensiones. Prefiere usarlo como herramienta quirúrgica, no como maquillaje retórico.

En su formación intelectual descubre algo poco conveniente: pensar no mejora automáticamente a nadie. La historia está llena de personas brillantes que pusieron su inteligencia al servicio de causas francamente cuestionables. Así que descarta pronto la idea de superioridad intelectual. Pensar, en su caso, no es una virtud moral: es una obligación incómoda. Y, como toda obligación, rara vez resulta elegante.

Aprende también a callar, aunque sin convertir el silencio en un acto heroico. Sabe que callar puede ser estrategia, agotamiento o simple cálculo. No lo romantiza. Guarda silencio cuando entiende que el espacio no admite ideas, sino consignas; habla cuando el silencio empieza a parecer una forma respetable de no complicarse la vida. En ambos casos, asume el costo, sin dramatismos innecesarios.

No se presenta como un sujeto coherente y pulido, porque la coherencia absoluta suele ser una ficción retrospectiva. Cambia de opinión, se contradice y se corrige, a veces en público, a veces a regañadientes. La identidad, entiende, no es una estatua con placa conmemorativa, sino un proceso desordenado que no siempre luce bien. Ser panameña, para ella, no implica repetir lo aprendido sin revisarlo, sino decidir qué conservar, qué cuestionar y qué abandonar sin necesidad de escándalo patriótico.

Esta panameñita no busca aplausos ni consensos exprés. Sabe que la validación inmediata suele exigir simplificaciones cómodas y silencios oportunos. Prefiere la incomodidad de pensar con matices a la tranquilidad artificial de tener siempre razón. Su identidad se construye ahí: en no fingir certezas, en usar la ironía con intención y en sostener —con poca épica, pero con convicción— que pensar sigue siendo necesario, incluso cuando resulta inoportuno.

Ser panameña, en su caso, no es una consigna ni un acto reflejo. Es una relación crítica, imperfecta y deliberadamente incómoda con el lugar que habita. Nada heroico. Nada complaciente. Exactamente eso.

La autora es profesora de filosofía.


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