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Cuando la planificación ignora la realidad

Cuando la planificación ignora la realidad

Thomas Sowell advierte que “es difícil imaginar una forma más estúpida o más peligrosa de tomar decisiones que ponerlas en manos de personas que no pagan precio alguno por equivocarse”. Esta reflexión resulta inevitable al analizar las justificaciones del componente de carga del tren Panamá–David.

Partamos de algo que cualquier operador logístico sabe: toda transferencia modal añade costos. Mover carga de un camión a una bodega en la estación, esperar el próximo tren, llegar a destino, descargar en otra bodega intermedia y montar todo en otro camión no es “optimizar” un sistema; es introducir deliberadamente fricciones que alguien tiene que pagar. Los planificadores del proyecto, que evidentemente nunca han cotizado un flete, parecen desconocer este principio básico.

Friedrich Hayek explicó hace décadas por qué este tipo de errores se repite: la información crucial para las decisiones económicas está dispersa entre millones de actores, no concentrada en oficinas gubernamentales. El sector logístico panameño ha evolucionado orgánicamente para servir las necesidades del país. Los camiones operan puerta a puerta sobre la carretera Panamericana, con una flexibilidad que ningún sistema ferroviario puede replicar. La pregunta que nadie en el gobierno parece hacerse es sencilla: ¿qué saben ellos que no sepan los miles de operadores que mueven carga todos los días?

La propuesta de captar carga costarricense expone la desconexión con la realidad de manera casi cómica. ¿Por qué un exportador costarricense enviaría su carga perecedera a través del sistema ferroviario panameño cuando puede transportarla directamente por camión a Puerto Limón o al aeropuerto Juan Santamaría? Cada paso adicional aumenta tiempo, costo y riesgo. Los exportadores costarricenses no están esperando que Panamá les resuelva un problema que ya resolvieron por sí mismos.

El problema se agudiza cuando consideramos la geografía de la economía real. La Zona Libre de Colón, nuestro centro comercial más dinámico, no se conecta directamente con esta ruta, obligando a los pasos intermedios antes descritos, si es que a los exportadores les hace sentido considerarlo frente a las opciones actuales de transporte puerta a puerta. Y la economía panameña se basa en servicios, transbordo y agricultura de pequeña escala. Nada de esto se ajusta al modelo ferroviario clásico, que necesita commodities de alto volumen transportados a largas distancias. Es como diseñar un sistema de metro para una ciudad de 50,000 habitantes.

Ludwig von Mises distinguía entre la lógica del empresario y la del burócrata. El empresario arriesga su capital y paga por sus errores. El burócrata arriesga dinero ajeno sin enfrentar consecuencias personales cuando fracasa. Cuando los promotores del proyecto lo describen como “un sueño hecho realidad”, confirman en qué lado de esa línea estamos: donde el simbolismo político desplaza al cálculo económico.

Los $4,500 millones estimados del proyecto representan un costo de oportunidad que nadie quiere discutir. Esos recursos podrían financiar los puertos que necesitamos para reforzar nuestro hub hemisférico, o el mantenimiento de la misma Panamericana, por donde ya se mueve la carga del país. Pero arreglar baches no genera fotos de corte de cinta ni titulares de primera plana.

México ofrece la lección más cercana y más dolorosa. El Tren Maya se vendió con proyecciones de carga y turismo que se han desvanecido frente a costos que se triplicaron y una demanda que no aparece. Los ferrocarriles de vanidad política no son un fenómeno nuevo. Lo nuevo sería que aprendiéramos de ellos antes de repetir el error.

El componente de carga del tren es una racionalización construida después del hecho para hacer ver atractivos unos números que no cuadran. Los mercados ya resolvieron el problema logístico de Panamá de la manera más eficiente disponible. No necesitamos reinventar la rueda, y mucho menos una rueda de $4,500 millones que se sumará a una deuda pública ya pesada.

Sowell también nos recuerda que “no hay soluciones perfectas, solo decisiones entre alternativas”. El verdadero intercambio aquí no es entre eficiencia y costo. Es entre realidad económica y fantasía política. Elijamos la realidad.

El autor es director de la Fundación Libertad.


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