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Kevin Marino Cabrera: entre la diplomacia, una boda y la geopolítica en Panamá

Kevin Marino Cabrera: entre la diplomacia, una boda y la geopolítica en Panamá
El presidente José Raúl Mulino (der.), junto a Marco Rubio, secretario de Estado y el embajador de Estados Unidos, Kevin Marino Cabrera, en el marco de la Cumbre Escudo de las Américas, Miami. Cortesía/Presidencia de la República

En el manual de estilo de Trump, el español es el “maldito idioma” que cruza fronteras sin permiso. En la colina de La Cresta, Bella Vista, su procónsul estrella, Kevin Marino Cabrera, se dispone a capitular sin condiciones ante la fonética del Istmo. Mientras Washington suspira con el anhelo de retomar el control del Canal, su embajador ha preferido conquistar el corazón de la plaza.

La crónica social hablaría del encaje de la novia, pero, en esta boda, las gardenias compiten contra el azufre de la geopolítica. Andrea, la elegida, es la nieta de un expresidente y editor que practicó el nacionalismo político del siglo XX. Pero, más allá de su genealogía, encarna esa autoridad dulce y firme de la esposa panameña que, con dos hijos y una vida recorrida, no deja espacio para la desobediencia. Delfín de Trump y Marco Rubio, Cabrerita ha operado con la precisión de un cirujano, blandiendo la revocación de visas como una guillotina, pero en casa el protocolo lo dictará otro mando.

Kevin Marino Cabrera: entre la diplomacia, una boda y la geopolítica en Panamá
Embajador de Estados Unidos en Panamá, Kevin Marino Cabrera. Archivo

La imagen que circula en la imaginación popular es la de Mulino y el novio-embajador celebrando abrazados. Mulino se muestra radiante, quizás demasiado feliz con el gringo procónsul y panameño consorte. Juntos entonarían el himno de Daddy Yankee: “A ella le gusta la gasolina”. A diferencia de aquella, la gasolina de este marzo incierto no es de alegría; es la amenaza que quema la estabilidad de todos. Es el combustible que incendia el poder de Trump y la paz del bolsillo.

Kevin Marino Cabrera: entre la diplomacia, una boda y la geopolítica en Panamá
El presidente José Raúl Mulino (der.), junto a Marco Rubio, secretario de Estado y el embajador de Estados Unidos, Kevin Marino Cabrera. También está José Miguel Alemán, embajador de Panamá en Washington y el canciller Javier Martínez Acha. Cortesía/Presidencia de la República

El paso marítimo es el tablero del destino, pero con gramáticas distintas. Mientras el estrecho de Ormuz es un escenario de guerra cruda —intercambio de misiles, minas y drones—, nuestro Canal ha decidido jugar al amor sentimental. Washington vive en una ansiedad permanente por el control de las aguas, pero en Panamá el amor desarma. Es una receta que bien podría exportarse al Medio Oriente: menos drones y más alianzas de alcoba.

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Kevin Marino Cabrera, embajador de Estados Unidos (izq), junto al ministro de Seguridad, Frank Ábrego. Tomada de @USAmbassadorPAN

Administrador de la fragilidad de un poder global enredado en una encerrona de efecto bumerán, el de tinte naranja no suele ser indulgente con la “suavidad” de sus hombres. Si el rey siente que su embajador se ha vuelto “demasiado nativo”, incluso por su vestimenta vernácula, lo sustituiría por un ejecutor MAGA, un soltero de hierro o un célibe inclaudicable. Para la “nación desposada”, que el proconsulado pierda su matiz raigal sería la llegada temprana del invierno.

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El embajador Kevin Marino Cabrera visitó el Canal de Panamá. Imagen tomada de @USAmbassadorPAN

Para los invitados que aún no tienen visa, la boda es el Salón de los Milagros. El expresidente Torrijos podría acudir a la cita con la esperanza de que la invitación sea el preludio cantado del perdón consular. Una palabra al oído de Cabrerita, entre el brindis y la fiesta, podría obrar el milagro migratorio que ningún bufete cabildeador obtendría sin mora. ¿Es más que el matrimonio de una pareja? Sin duda. La boda traerá equilibrio al día, pero no a la política. Es el triunfo de la lengua de Cervantes sobre la retórica de la exclusión. Panamá sobrevive otra temporada bajo la tutela de un Imperio que, al menos por una noche, prefiere el idilio a la invasión. Celebrar la gasolina, aunque no la de la calamidad de la guerra. ¡Que viva el amor!

El autor es periodista y filólogo.


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