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El caballo muerto, teoría

El caballo muerto, teoría
Ilustración generada con IA (OpenAI).

Cuando un modelo resulta inoperante, pero una organización se empeña en hacerlo funcionar, decimos que se aplica la Teoría del Caballo Muerto. Resulta muy curioso que esta teoría no derive de nada moderno. De hecho, según lo que he leído, procede de hace mucho tiempo. Es una sabiduría ancestral de una tribu indígena.

Decían: “cuando descubres que estás montado en un caballo muerto, la mejor estrategia es desmontar”. Sí, ya sé que suena obvio. Pero es justo allí donde encuentro la relevancia para este escrito. Por más obvia que parezca la frase, las organizaciones y muchas personas no operan de esa manera.

En nuestra campiña interiorana tenemos nuestra versión criolla de la frase. Reza: “muerta la yegua, la manotá de mae”. Establece de manera muy clara la pérdida de tiempo que resulta tratar de atender un problema para el que ya no existe solución. Sea como sea, la teoría, lejos de perder vigencia, se sigue implementando.

Pero vamos a detallarla para demostrar que muchas de nuestras entidades la aplican, a nuestro costo y penurias.

Un caballo muerto no es otra cosa que una estrategia inútil o un modelo fallido de gestión. Cuando lo vemos, lo lógico sería enterrarlo. No obstante, la reticencia a abandonar prácticas ineficaces resulta en una cadena de eventos de lo más absurdos, perpetuando el fracaso y condenando a los receptores de la gestión.

Lejos de deshacerse del caballo muerto, la gerencia de la empresa decide comprar látigos más fuertes para hacer andar al caballo muerto. Eso, evidentemente, no funciona, pues está muerto. No hay cambio.

Después, en un nuevo atisbo de brillantez corporativa y burocrática, deciden cambiar al jinete, pues lo culpan de la falta de movimiento del animal. Así que le asignan la misma tarea a otra persona, y el resultado es inevitablemente el mismo.

Entonces, sacan el manual corporativo de emergencias y ordenan formar un comité o mesa técnica para estudiar al caballo muerto. Se gastan recursos y tiempo analizando al caballo muerto, acrecentando los costos, pero sin tomar acciones reales que resuelvan el problema.

Uno creería que después de esto verían la luz, pero no. De esa improductiva y costosa mesa técnica sale la decisión de visitar otras empresas para ver cómo montan ellos sus caballos muertos. Y se copian creativas maneras de no atender el asunto, mientras buscan validaciones externas para un problema interno.

La Teoría del Caballo Muerto sugiere otros muchos pasos que, por razones de espacio, no vamos a mencionar.

Acá el asunto es que nuestros gobernantes, al igual que los del mundo entero, tienden a seguir el cronograma de gestión que nace de la Teoría del Caballo Muerto. Lejos de aplicar una solución que, de evidente y simple, resulta dolorosa, buscan creativas maneras de perpetuar un fracaso, arrastrando gestiones costosas y fallidas, ensalzando y promoviendo a personas sin competencia ni capacidades reales, que no buscan jamás una solución, sino que su propósito real es justificar una gestión fracasada para la colectividad, pero que a ellos les resulta sumamente rentable, entre salarios y beneficios.

Aplique usted, amigo lector, la Teoría del Caballo Muerto a alguna entidad oficial y dígame si encuentra o no similitudes en lo que hemos venido exponiendo. Para nuestra desgracia, sé que la pesada e inoperante planilla estatal fundamenta su razón de ser no en pro ni en beneficio de una ciudadanía menesterosa de soluciones, sino en la eterna justificación de su propia existencia, con lo que el arte de lo absurdo viene a ser como un manual de operaciones.

Para muestra, un ejemplo. Digamos que existe una crisis terrible del agua. Apegándonos al manual de perpetuación de problemas que sugiere la Teoría del Caballo Muerto, una de las primeras acciones a tomar, antes que encarar el problema real, sería cambiar al jinete, o al director. Luego, se generarían mesas técnicas que no resuelven nada.

¿Nota alguna coincidencia?

El autor es ingeniero civil y escritor.


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