La economía mundial atraviesa claramente un periodo de multipolarismo, en el cual el sistema internacional —instaurado en gran parte por Estados Unidos— se ha convertido en el talón de Aquiles de la nación norteamericana. No obstante, desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el auge en la imposición de aranceles —que en su mayoría no son recíprocos— ha socavado la capacidad de los países para comerciar con la misma libertad de antes en el mercado internacional.
Los aranceles son tributos aduaneros que se pagan al Estado por la importación de bienes o materias primas. Tras la Segunda Guerra Mundial, y con el establecimiento de alianzas comerciales más sólidas e instituciones internacionales encaminadas a reducir la burocracia en el comercio y facilitar el acceso a los mercados, los aranceles fueron disminuyendo progresivamente. Por ello, al analizar el escenario actual, no hay mejor palabra para describir la guerra arancelaria de 2025 que “contraproducente”.
El sistema comercial internacional es complejo, especialmente porque, al estar conectado en todas las antípodas, resulta mucho más vulnerable de lo que aparenta. Allí yacen las mayores amenazas económicas para el resto de los países que, en pequeña o gran medida, son economías complementarias de Estados Unidos. ¿Pero por qué de Estados Unidos? Porque al imponer aranceles de forma indiscriminada, dicho sistema de interconexión comercial se ve truncado, y las condiciones para incrementar el comercio entre naciones se vuelven mucho más difíciles. O, en un escenario peor, los costos de los aranceles son trasladados directamente a los consumidores.
Existen diversos objetivos por los cuales algunos países deciden aplicar aranceles. Por ejemplo, a finales del siglo XIX, el expresidente estadounidense William McKinley impulsó un paquete de políticas agresivas para proteger la producción local, reducir las importaciones, recaudar ingresos y utilizar dichas tarifas como mecanismo de negociación para insertar productos estadounidenses en mercados extranjeros. Sin embargo, la imposición arbitraria de aranceles —sin considerar hasta qué punto deben elevarse las tasas impositivas para evitar una caída en los ingresos fiscales y sin afectar el poder adquisitivo de la ciudadanía— resultó ser contraproducente.
Los aranceles afectan directamente a los consumidores al proteger a ciertas industrias. En 2018, el presidente Donald Trump aplicó aranceles a las lavadoras, pero estas medidas no generaron los resultados esperados. Como era previsible, los precios de las lavadoras importadas aumentaron, y también lo hicieron los de las fabricadas en Estados Unidos debido a la alta demanda. Ese fenómeno es conocido como el “efecto lavadora”: la manera en que los aranceles impactan el mercado y generan afectaciones financieras que terminan siendo absorbidas por los consumidores.
El proteccionismo económico siempre conlleva el riesgo de que las contrapartes comerciales respondan con más aranceles, afectando sectores clave para la calidad de vida, como el agrícola, el de salud y el farmacéutico. Aunque los bienes que pasan por aduanas sean los más fáciles de gravar, eso no significa que la expansión de los aranceles favorezca el crecimiento económico. Por el contrario, el libre comercio sigue siendo la vía más eficiente para incrementar los ingresos y, en consecuencia, reducir los costos para los consumidores.
El autor es internacionalista.