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El fin del fin de la historia

El fin del fin de la historia
Imagen del el USS Gerald R. Ford de la Armada estadounidense. EFE

Durante años nos repetimos que la historia había terminado. No en el sentido literal de que no habría guerras, sino en un sentido más peligroso: que el mundo se iba a comportar como un mercado ampliado, con conflictos “administrables”, y que la política internacional sería un tema de gerencia, no de estrategia. Ese fue el verdadero “fin de la historia”: una mentalidad.

Hoy esa mentalidad colapsó. Y no por falta de poder occidental, sino por una cadena de decisiones incompetentes —la era de los Neocons (impulso de moldear el orden con fuerza) y los Neolibs (confianza en que mercados e instituciones producirían convergencia automática)— que confundieron superioridad con permiso, narrativa con resultados y sanciones con sustituto de estrategia. El sistema volvió al lenguaje que nunca dejó de hablar: seguridad, fronteras, rutas marítimas, disuasión, escalada.

Pero el fin de esa ilusión no significa el fin de la hegemonía estadounidense. Significa el fin de una hegemonía sin fricción.

Estados Unidos sigue siendo la potencia militar dominante por un motivo simple: no existe competencia real en la combinación de escala, proyección global y sostenimiento. En gasto militar, Estados Unidos invirtió alrededor de $997 mil millones en 2024, frente a $314 mil millones de China y $149 mil millones de Rusia, según SIPRI. Eso no es un detalle contable: es margen para innovar, reponer municiones, sostener teatros múltiples y pagar la factura de estar “presente”.

Luego está la ventaja que casi nadie puede replicar: la geografía del poder. La hegemonía no es solo tener armas; es poder moverlas, abastecerlas y sostenerlas lejos de casa. El Departamento de Defensa gestiona una huella gigantesca de infraestructura: cientos de miles de instalaciones distribuidas en miles de “sitios” a escala global. Esa red reduce el “tiempo al objetivo”, multiplica la inteligencia y convierte capacidad militar en capacidad real de atacar y sostener operaciones.

En el mar, la discusión suele enredarse en titulares. Sí: China tiene la marina numéricamente más grande, con un orden de magnitud de ~370 buques en estimaciones citadas por CRS, y con modernización sostenida. Pero eso no elimina un hecho central: la Marina de Estados Unidos conserva mayor capacidad de ataque y alcance global, por su poder aeronaval y logística expedicionaria. Un marcador simple: Estados Unidos mantiene el estándar de 11 portaaviones, que siguen siendo la herramienta más visible de presencia y proyección a escala planetaria. En términos prácticos, China puede concentrar fuerza en su periferia; Estados Unidos puede sostener fuerza en múltiples teatros, porque tiene plataforma, cadena logística y red de accesos.

Que la brecha haya disminuido respecto a los 90, además, es natural. La Segunda Guerra Mundial devastó capacidades industriales y militares de competidores, mientras Estados Unidos salió con base productiva intacta y con el rol de arquitecto del sistema. Con el tiempo, era inevitable que otros cerraran parte de la distancia. El error Neocon/Neolib fue tratar esa anomalía histórica como si fuera permanente; convertir un momento unipolar en una teología.

Y la hegemonía estadounidense no vive solo del Pentágono. Vive del mercado. Estados Unidos sigue siendo el mayor consumidor porque su economía está anclada en demanda interna: el consumo representa cerca de 67.9% del PIB (Q4 2025). Eso significa algo brutalmente simple: para gran parte del planeta, venderle a Estados Unidos, financiarse en su sistema y operar alrededor de su demanda no es opcional; es estructural.

Entonces, ¿qué cambió? Cambió la ilusión de que la interdependencia equivalía a paz automática. Cambió la creencia de que la superioridad moral reemplaza la competencia estatal. Cambió la suposición de que los adversarios se adaptarían por vergüenza o por “inevitabilidad histórica”. Lo que explotó no fue el poder estadounidense: fue la soberbia de creer que el poder convierte la historia en trámite.

La historia no terminó. Solo estaba esperando el momento en que la incompetencia estratégica hiciera inevitable su regreso. Y cuando regresó, lo hizo en simultáneo.

El autor es analista de datos.


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