La burocracia panameña no solo retrasa permisos, también frena empleos, proyectos y crecimiento. Por eso, el anuncio del presidente José Raúl Mulino sobre la designación de Eduardo Arango como coordinador para destrabar trámites merece seguimiento riguroso. Aunque no se trata de una reingeniería estatal, la tarea de Arango será clave: intervenir en los cuellos de botella que impiden que las inversiones fluyan.
En menos de 48 horas, asegura haber resuelto trámites estancados por más de un año. Pero la misión es titánica. Panamá tiene más de 100 instituciones públicas, muchas operando aún como en el siglo pasado. El reto no es solo desatar nudos, sino evitar que se vuelvan a formar.
Si el país quiere ser competitivo, necesita coherencia entre el discurso proempresa y la experiencia del empresario. La inversión no llega por discursos, sino por resultados. Y si Arango logra mostrarlos, entonces, tal vez, por una vez, el Estado deje de ser su propio obstáculo.