Con un gesto teatral y un cartel en mano, Donald Trump ha firmado el decreto que impone los aranceles más altos en un siglo. En nombre de una supuesta reciprocidad comercial, Estados Unidos ha optado por levantar un muro invisible que separa su economía del resto del mundo. La escena, cargada de banderas, discursos populistas y datos dudosos, marca un giro en el orden global. El “Día de la Liberación” proclamado por la Casa Blanca no libera, aísla. Los países castigados no son enemigos, sino socios.
La política de aranceles universales y castigos selectivos abre la puerta a represalias, encarecimiento de productos y una posible recesión compartida. Trump busca una edad dorada industrial con herramientas oxidadas. El proteccionismo extremo no construye naciones fuertes; las encierra. Y cuando el mundo responde, no lo hace con sumisión, sino con resistencia. La historia juzgará si este intento de mover la economía por decreto ayudará a los estadounidenses o es el primer paso hacia una nueva crisis global.