El panorama literario mundial hoy en día es de total apertura, en contraste con lo que antes fue un territorio exclusivo de las editoriales y los agentes literarios.
Desde la más bien reciente revolución digital, tanto la edición como la publicidad de los libros están al alcance de cualquier persona que sueñe con publicar una obra. Tal es la magnitud de este fenómeno social y literario que, en algunos casos —sin exagerar—, puede surgir la sensación de que hay más autores que lectores.
Como en todo, igual que antaño ocurría cuando solo los profesionales del mundo editorial decidían qué se publicaba, esta democratización de la literatura tiene sus pros y sus contras.
Por un lado, es patente la falta de rigurosidad o profesionalismo en algunas publicaciones que, sin duda, desde la primera página, evidencian la ausencia de un editor que no solo haya corregido detalles ortotipográficos, sino que también actúe como crítico objetivo del contenido general. Esto provoca que lleguen al “mercado editorial” obras de muy baja calidad en comparación con lo que se considera literatura tradicional.
Por otro lado, esta apertura también ha permitido que personas con claro talento literario —ya sea por formación académica, lectura constante o autodidactismo— estén publicando, a cualquier edad, incluso bien entrada la “tercera edad”, obras atractivas para ese público que aún disfruta, en esta era del imperio audiovisual, del placer de sentarse a leer.
Tampoco es exagerado afirmar que el talento abunda mucho más de lo que imaginamos, y que no son solo los autores premiados o publicados por una editorial quienes tienen fascinantes historias que contar, ya sea a través de la narrativa, la poesía o cualquier otro género literario.
Todo esto nos lleva al recién celebrado I Encuentro Internacional de Escritores, que tuvo lugar del 1 al 6 de abril en la región de Azuero. Una iniciativa en la que no solo se reconocieron talentos literarios no necesariamente premiados, sino que además fue un evento que hermanó intereses comunes, tanto literarios como sociales, entre creadores de varios países de América Latina: esta primera vez, de Brasil, Uruguay, Chile, Colombia, Guatemala, El Salvador y, por supuesto, Panamá, servidora incluida.
La idea y organización de este encuentro, sin fines de lucro y con el apoyo voluntario de todos los participantes, estuvieron a cargo de la profesora y autora panameña Vielka Argelis Gutiérrez, veterana docente y supervisora escolar de la región de Azuero. Gracias a su reputación y manejo logístico, se obtuvo el respaldo de autoridades locales —como el alcalde de Los Santos— y de directores de varios colegios y centros universitarios de la región, lo que permitió a los autores participantes compartir ideas, libros e interactuar espontáneamente con estudiantes desde prekínder hasta premedia, media y universidad.
Todos los centros educativos, sobre todo en Panamá, necesitan del acercamiento permanente y personal de los autores, para que esos niños y adolescentes —futuros ciudadanos— sean librepensadores a quienes la cultura o la literatura no les resulten extrañas o, peor aún, aburridas frente al aluvión diario del celular y las redes sociales.
El arte debería ser un ente vivo cuya energía es transmitida por cada creador. A día de hoy, la obra de un ser humano y la comunicación con este siguen siendo mucho más conmovedoras que lo que ofrece —hasta ahora— la inteligencia artificial. Aunque, quién sabe... Como ya vaticinó, más o menos, el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov, es muy posible que algún día haya androides o robots que terminen por reemplazarnos como especie, incluido en el arte.
La autora es escritora.