En el centro del mundo y corazón del universo nos hacen promesas vacías a cambio del chen chen…
Piénsalo un segundo: ¿vivimos en una democracia real o en una simulación donde nos hacen creer que el voto es libre, cuando en verdad tiene precio?
En Panamá, el famoso Pro Mundi Beneficio parece funcionar para todos, menos para el panameño que suda la gota gorda. Llevamos décadas viendo la misma jugada: nos aguantamos cuatro años de servicios públicos deficientes, pero apenas se acerca la elección, los mismos de siempre aparecen en los barrios con su mejor sonrisa porque, según ellos, “el poder emana del pueblo”.
Pero seamos claros: la culpa no es del trabajador que acepta un apoyo. La realidad es que los partidos políticos en Panamá han mutado. Ya no son grupos con ideales; ahora funcionan como empresas electorales. Su modelo de negocio es el clientelismo y su materia prima es la necesidad de la gente.
Para que una empresa sea rentable, necesita clientes dependientes. La CEPAL nos da la cifra que duele: somos el segundo país más desigual de la región. Mientras la economía crece para unos pocos, la pobreza en las comarcas llega al 76% y, a nivel nacional, al 21%.
Esta desigualdad no es un accidente; es el caldo de cultivo perfecto para la empresa electoral. Los políticos no llegan a las distintas zonas del país con millones para solucionar la falta de agua o de empleos dignos; llegan para aplicar “psicología de presión”. Ofrecen bolsas de comida, materiales, un “puestito” temporal o un jugoso jamón de Navidad. No es un regalo; es una inversión: te dan algo que te dura una semana a cambio de que les entregues tu poder por los próximos cinco años. Eso no es democracia, es un canje injusto.
Si comparamos a Panamá con el resto del continente, los datos dan miedo. Mientras el promedio de integridad en las Américas es de 43/100, nosotros estamos estancados en un triste 33/100, según Transparencia Internacional (2025).
¿Qué significa este 33? Que, aunque el país produce riqueza, ese dinero no se dirige a hospitales o escuelas, sino a inflar la “caja de herramientas” de la élite política. Usan el subsidio electoral —109 millones de dólares provenientes de los impuestos— y los nombramientos en la planilla estatal para asegurar votos. Es una estructura diseñada para que los mismos de siempre sigan mandando, dejando el Estado de derecho en último lugar.
Mucha gente dice: “Bueno, agarro lo que me den porque después no los veo más” o “¿qué hay pa’ mí?”. Y es entendible. Pero hay que comprender la trampa: el político te da la bolsa de comida precisamente porque él mismo se encarga de que el sistema no funcione. Si tuvieras un salario digno y salud de calidad, no necesitarías rogarle a un diputado por una medicina. El clientelismo no ayuda al pobre; lo mantiene necesitado para que el “negocio” de la empresa electoral nunca quiebre.
Para desmontar finalmente el modelo de estas empresas electorales y fortalecer nuestra democracia, la solución no debe enfocarse en culpar a quien recibe por necesidad, sino en transformar radicalmente las reglas del juego. Esto requiere instaurar una política de cero impunidad, donde escándalos como Senniaf u Caso Odebrecht enfrenten consecuencias reales. Sin una justicia que castigue, la corrupción se siente invencible.
A esto debe sumarse un sistema donde el mérito esté por encima de la “palanca”, garantizando que los puestos en el Gobierno sean para profesionales capacitados y no para quienes pegaron más pósteres en campaña.
Asimismo, es vital asegurar la independencia del Tribunal Electoral para que el dinero de los subsidios se fiscalice con lupa y deje de ser una herramienta para comprar voluntades. Todo esto debe impulsarse mediante una participación ciudadana activa, bajo la premisa de que, para que el mal triunfe, solo se necesita que la gente buena no haga nada. Es nuestra responsabilidad dejar de ser espectadores que solo se quejan y convertirnos en actores que toman acción en los temas que nos afectan, entendiendo que, si nosotros no ocupamos ese espacio de decisión, alguien con intereses ajenos al bienestar común lo hará por nosotros.
Votar no es un favor que le hacemos a un candidato; es el momento en que somos los jefes. Mientras los partidos nos vean como clientes y no como ciudadanos, seguiremos siendo peones en su juego de ajedrez. No se trata de egoísmo individual; se trata de exigir colectivamente que la riqueza de Panamá llegue a todos, y no solo a la “gran mesa” de los políticos.
Deberíamos vivir en una democracia libre y fuerte como el águila harpía, pero, en su lugar, sobrevivimos en una democracia herida por los perdigones de la corrupción.
La autora es estudiante.

