La justicia en Panamá avanza montada en silla de ruedas cuadradas, empujada por dos caracoles que hacen siesta después de un centímetro de avance, y vacaciones cada treinta centímetros. Pero, además, la justicia es una princesa que no quiere quedar mal con los que están bajo su escrutinio: regala sentencias absolutorias, porque, según dice, “no se han integrado, de forma categórica e incontrovertible los elementos objetivos del tipo penal con los subjetivos, al no quedar determinado el perjuicio al ente estatal”. Jerigonza que solo busca ocultar el latrocinio y la sinvergüenzura.
Decenas de millones arrebatados para que una pila de políticos mediocres y ladrones goce ahora de nuestro dinero comprando la última Land Cruiser, las comidas y tragos más caros, viajes de placer y una casa en cada playa de moda. Nunca hemos dejado de ser una república bananera, y eso seguirá siendo así mientras reaccionamos con indiferencia cuando una exfuncionaria de la Contraloría –millonaria de la noche a la mañana– exhibe en redes sociales su clóset: una vitrina extraída de Rodeo Drive, llena de bolsos y calzados de marca, comprados por miles de dólares, seguramente usados una sola vez, porque su grotesca vanidad le impide repetir atuendos y accesorios.
La dama de la justicia en Panamá parece haber salido de un night club, tan reputado como el Mocambo de Aguadulce. Los ejemplos de lo contrario se cuentan con los dedos de una mano, pero tiene tantos detractores que uno se pregunta si Panamá entero no es el Mocambo. Nuestra política está tan podrida que, si el canciller quiere que Estados Unidos cambie de opinión sobre abrir bases militares disfrazadas en Panamá, solo debe pedirle a don Crispiano organizar una reunión con el secretario de Defensa de EUA, Pete Hegseth –que llega hoy a Panamá– para tomarse una botella de Macallan 18 años y luego, una alocada noche en un bar como el Mocambo, donde Hegseth se sentirá casi en casa.
Y si no es Crispiano, lo podrían hacer más que bien varios centenares de políticos de cualquier partido local. Serían los nuevos héroes de la patria, que convencieron a Hegseth de que Panamá ya no es Macondo, sino Mocambo. Mario Martinelli es producto de la nueva justicia de Mocambo, lo mismo que los otros 44 absueltos en el caso granos del Programa de Ayuda Nacional (PAN) y ocho más, por peculado en perjuicio del MOP. Todo sin contar al exalcalde Bosco, condenado a 48 meses de cárcel, pero también enviado a casita.
Después de una década, poco a poco los santos inocentes regresan a sus respectivas casas. Millones de dólares tirados a la basura en investigaciones que no convencieron “de forma categórica e incontrovertible” a la aguadulceña dama de la justicia. Pero, cómo convencerla, si no pudo hacerlo el diputado Afú ni confesando sus acciones en el caso Cemis, ni siquiera mostrando el dinero del soborno en televisión. Mario Martinelli, confesó sus delitos y lo mandaron a casa, y lo mismo pasó con Bosco.
Qué será de los príncipes Martinelli en Odebrecht: confesos, pero el caso ya parece hasta virtual; lo han enviado a la nube, y probablemente terminará como los cigarros los clientes del Mocambo: en humo. Es que ni las sentencias de la Corte Suprema de Justicia se toman en serio: una empresa minera que le valió un rábano el fallo de inconstitucionalidad, un Presidente que también le vale y que hasta propicia la impunidad, como el fracasado intento de darle libertad en Nicaragua a uno de los pocos condenados.
Si el expresidente Martinelli se hubiese acogido a la justicia de Mocambo le habría ido mejor: “Sí, me robé unos milloncitos, pero también lo hizo Varela”. Seguidamente lo mandan a casa a cumplir una condena de un día, porque entregó a su colega. Y si Varela confiesa, trato similar, siempre que delate a don Perico de los Palotes, que se robó una llanta y una batería de un carro chatarra de la junta comunal de Rincón Hondo, en la comarca Ngäbe-Buglé, a quien le meterán 15 años por delitos contra la personalidad interna del Estado, peculado, asociación ilícita, blanqueo, tráfico de influencias, corrupción… y por pendejo.
Y, a propósito de pendejos, pregunta abierta: ¿Quién pagará el almuerzo con el que premia hoy el presidente Mulino en Penonomé a los diputados que apoyaron la nueva Ley de la CSS: A.- Mulino; B.- La CSS, C.- Nosotros, los pendejos?