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La purga militar china

En 1989, el general Arnaldo Ochoa, héroe de las campañas militares en África, fue juzgado y ejecutado por cargos de narcotráfico en Cuba. El proceso, ampliamente difundido, no solo eliminó a un militar popular, sino que reforzó la disciplina interna en un momento de tensiones económicas y políticas, enviando la señal de que ni los altos mandos estaban a salvo si se apartaban de la línea oficial.

Con ese precedente, los oficiales militares de toda China deberían sentirse intensamente alentados a cooperar con Xi Jinping, tras el anuncio del sábado 24 de que el Comité Central del Partido Comunista Chino abrió una investigación contra dos altos mandos. Mientras sucesivas purgas iban derribando a figuras prominentes del Ejército Popular de Liberación, el general Zhang Youxia parecía intocable. Elegido personalmente por Xi Jinping, era miembro del Politburó y, como vicepresidente de la Comisión Militar Central, solo estaba por debajo del propio Xi en la jerarquía castrense.

En una reunión informativa con altos oficiales, celebrada el sábado y revelada primero por The Wall Street Journal, Zhang fue acusado de todo, desde conspirar en tramas de corrupción con familiares hasta filtrar secretos nucleares a Estados Unidos.

Tan impactante como la noticia fue el tono de los comentarios oficiales. Según la traducción de Bill Bishop en su boletín Sinocism, un editorial del PLA Daily, el periódico del ejército, afirmó que los dos investigados habían alimentado gravemente problemas políticos y de corrupción que afectan el liderazgo absoluto del Partido sobre las fuerzas armadas y ponen en riesgo los cimientos de su poder. Añadía que habían causado un daño inmenso a la construcción política del ejército, a su ecosistema interno y a su capacidad de reacción en combate, y que habían ejercido una influencia extremadamente perniciosa sobre el Partido, el Estado y las fuerzas armadas.

La insinuación es clara: además de maniobras financieras turbias, uno de los colaboradores más cercanos de Xi habría estado conspirando contra él. ¿Se frustró un golpe militar en sus primeras fases? ¿Un grupo que se presenta como férreamente unido en torno al líder supremo está en realidad atravesado por facciones y rivalidades? ¿Altos funcionarios, con mucha más información que el ciudadano común, dudan del rumbo que Xi imprime al país?

Los rumores y la inquietud recorrerán Pekín y todos los niveles de la dirigencia partidaria y militar, frenados solo por el miedo de los funcionarios a perder sus carreras o algo peor. La adulación y la mentira se multiplicarán en documentos y reuniones, mientras las autoridades se esfuerzan por exhibir lealtad a la sabiduría consagrada en los textos canónicos del Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era.

En un momento en que la imprevisibilidad del presidente de Estados Unidos, la torpeza de muchos líderes occidentales y la agitación política y social en diversas democracias alimentan dudas sobre la solidez de las instituciones liberales, las purgas chinas recuerdan que otros sistemas tampoco están libres de defectos.

La lección es antigua: el poder absoluto deja aislados y desorientados a quienes lo ejercen, y podría compararse con el aislamiento de la dictadura del paso firme frente al pueblo panameño.

En sistemas como el chino, los mecanismos sanos de corrección interna no funcionan. Cuanto peor gestiona el Partido las crisis, con más fuerza y unanimidad deben elogiarlo los funcionarios y los medios. Casi todas las familias del país han sufrido las consecuencias devastadoras y deshumanizadoras de la política del hijo único, que precipitó una crisis demográfica nacional. Nadie pudo oponerse mientras estuvo vigente y hoy nadie puede exigir cuentas a los dirigentes crueles y equivocados que la impusieron.

Decenas de millones de hogares vieron evaporarse sus ahorros por un colapso inmobiliario totalmente previsible, resultado de décadas de decisiones centrales erradas, apoyadas por funcionarios locales corruptos y grupos de poder. Tampoco se permite decir nada al respecto.

La historia moderna puede leerse como una sucesión de choques entre sociedades liberales y tecnocracias autoritarias. Desde las guerras entre el Estado francés altamente organizado de Luis XIV y la Gran Bretaña de Guillermo y María, hasta la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos, los sistemas abiertos se han enfrentado a rivales que confiaban en la autoridad de un líder supremo sin los frenos del pluralismo ni la oposición civil.

A corto y mediano plazo, esas autocracias tecnológicas a menudo prosperaron. Luis XIV, Napoleón, la Alemania imperial, Hitler, Tojo y Stalin tuvieron etapas de éxito. Pero, una y otra vez, el aislamiento tóxico que impone el poder absoluto ofuscó su juicio y deterioró la capacidad de sus sociedades.

La pregunta que hoy ronda a China no es si Zhang Youxia vendió secretos militares a Estados Unidos. Es si el Partido Comunista Chino está cayendo en la decadencia autoritaria que llevó a tantos de sus predecesores a la ruina y la derrota.

El autor es médico sub especialista.


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