Talar un caobo de cien años no es un acto de urbanismo; es un perjurio histórico. El proyecto de ampliación de la Vía España en Río Abajo, que pretende decapitar 200 ejemplares de Swietenia macrophylla, enfrenta a la ciudadanía con una realidad amarga. Estamos ante una ingeniería de tierra arrasada que pretende resolver el tráfico del siglo XXI con mentalidad anacrónica de excavadora. Bajo el asfalto de este barrio hay un testamento de soberanía que pretende ser ignorado con la prepotencia de una línea recta sobre un plano.
Estos gigantes son el último vestigio de la visión de Porras, el presidente ilustrado que imaginó a Panamá como una Ciudad Jardín. Para Porras, la entrada a la metrópoli no podía ser un corredor de concreto calcinado, sino una avenida elegante que proyectara dignidad. Plantar caobos fue un acto de pensamiento urbano profundo. Talar esos árboles es traicionar la elegancia republicana por la eficiencia mediocre de un contratista apresurado.
La resistencia de estos 200 centenarios es emocional y científica. Cada caobo es una planta eléctrica de refrigeración natural. Un solo ejemplar maduro opera como un aire acondicionado equivalente a 10 unidades de 12,000 BTU. El cálculo es implacable: al eliminarlos, la temperatura local podría elevarse significativamente. Desde la biología, el ADN del caobo es la definición de la resiliencia. Su oro rojo es denso, estable y eterno; una genética diseñada para sobrevivir al hollín y al estruendo. Talar 200 árboles de este porte es destruir dos siglos de memoria ecológica por cada tronco derribado. Es un golpe bajo de una ingeniería inhumana que prefiere el camino corto porque le falta creatividad para el trazado curvo.
¿Saben los propietarios de Río Abajo que la tala devaluará sus inmuebles? El urbanismo moderno demuestra que el arbolado maduro incrementa el valor de la propiedad y mejora la habitabilidad urbana. Una avenida con sombra invita a caminar y consumir; una autopista pelada genera guetos térmicos y devaluación comercial. El progreso que tumba árboles para agilizar el tráfico es una falacia económica que nos condena a vivir en un horno de cemento. Ciudades como Ciudad de México, con el Paseo de la Reforma, aplican la sección vial variable: si un árbol centenario se interpone, el carril se desplaza o se comprime. Curitiba, en Brasil, utiliza el sistema trinario para que el transporte público conviva con la bóveda verde. La ingeniería que no es capaz de curvar el asfalto ante la vida es una ingeniería obsoleta. Vivan la ingeniería y los ingenieros. La calentura no está en la sábana.
Se ha rehabilitado la casa de campo de Porras en Las Tablas Abajo. Es un reconocimiento necesario a su intimidad. Ese homenaje quedará incompleto si permitimos que se mutile su legado público en la capital. El verdadero monumento a Porras está no solo en las paredes del museo, sino también en la sombra de los caobos que él nos heredó en Río Abajo. Preservar este patrimonio ambiental es el acto más patriótico que el Ministerio de Obras Públicas puede ejecutar hoy. Que la Vía España aprenda a bailar al ritmo de la vida, porque una nación que asesina sus raíces está condenada a morir de amnesia y de calor.
El autor es periodista y filólogo.


