El ministro de Obras Públicas (léase con significado escatológico) reprende a unos ciudadanos —sus jefes, a los que debe su sueldo y servicio—, diciéndoles que él no anda de paseo, que «tiene muchas cosas que hacer» y que no le gusta que le hablen en mal tono. Le molesta que lo dejen en evidencia, como cuando le plantean que llegó por aire, no por carretera, y que debía haberlo hecho para medir bien la situación y enfrentarla; pero el «obrero» ministro vuelve a reprender, llama irrespetuoso al ciudadano y dice que es «un aporte» ir a ver la situación.
Cuando un gobierno habla en términos de aporte, favor o ayuda, es sospechoso de creerse que el dinero público y sus obligaciones son de su propiedad. El panameño, acostumbrado al congueo y al «¡sí, señor!», sumado al miedo de protestar, cede ante los atropellos del ejecutivo, los desbarajustes del legislativo y la impunidad del judicial.
Tan adormecidos estamos que solo queremos que pasen los años del gobierno de Mulino para ir a otra cosa, porque solo nos sentimos vivos cuando votamos; después, viene el letargo.
Moca o Vamos fueron esperanzas; ahora van siendo decepciones, y los de siempre, el resto del espectro político, está dejando que se destruyan solos para ofrecerse luego como solución a tanta tristeza electorera. Mientras, el “rofión” mayor suelta discursos con sonrisas prepotentes, de esas que no muestra cuando el expresidente de Estados Unidos se burla en su cara del trato que hicieron los panameños para obtener «el Canal por un dólar».
A todo prepotente le llega su hora; desde un cargo público es fácil serlo. Solo espero que, con suficiente pedagogía, aprendamos a señalarles a estos abusones su actitud cuando estén por la calle, que aprendamos a decirles: «usted es un prepotente, debería darle vergüenza». A ver si aprendemos, y también a protestar de forma más constructiva y eficiente: hace falta si no queremos seguir como vamos.
El autor es escritor.


