Recientemente, dimos la bienvenida a la séptima generación del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana (LLAC). Para muchos fue un acto inaugural; para mí, fue un viaje en el tiempo. Volví a 2019, cuando participé en la primera edición de este espacio, sin saber que estaba a punto de cambiar mi vida.
El LLAC es un programa de formación ciudadana organizado por Jóvenes Unidos por la Educación en alianza con el Canal de Panamá, que, desde 2019, ha formado a más de 1,100 jóvenes de diversos territorios y contextos socioeconómicos. Su propósito es desarrollar agentes de cambio que Panamá necesita. Entonces, era una joven interiorana de 17 años que aplicó con la ilusión de vivir nuevas experiencias. Todo indicaba que el laboratorio sería un espacio para escuchar y adquirir herramientas para crecer personal y profesionalmente. Aunque todo eso ocurrió, entendí que esa no era su verdadera esencia.
Los retos fueron muchos. Desde viajar constantemente de Chiriquí para asistir a cada sesión, hasta noches sin dormir para cumplir con las asignaciones. El reto más grande fue otro: identificar un problema con el que todo el grupo se sintiera identificado y trabajar juntos por una solución.
Llegar a consensos nunca es fácil. Significó trabajar con personas desconocidas, escuchar opiniones distintas, aceptar críticas y, muchas veces, replantearme lo que creía correcto. Ese proceso me enseñó a hablar en público, a argumentar y a asumir compromisos, pero, sobre todo, me enseñó a escuchar. En el laboratorio, escuchar es una herramienta para construir. Se escucha para entender, dialogar y consensuar con un objetivo: aportar soluciones a los problemas de nuestras comunidades.
En 2019 formé parte de un proyecto que brindaba educación sexual integral a adolescentes. Hoy ya no existe. Su valor nunca estuvo en su permanencia, sino en el impacto que tuvo en quienes lo conformamos.
En 2020 participé en una versión avanzada del laboratorio. Fue allí donde me integré a dos iniciativas que continúan generando incidencia: Nan Gana, proyecto con enfoque de género destinado a promover la corresponsabilidad y la equiparación de la carga doméstica en los hogares; y Dame un Chance, que hoy es una organización sin fines de lucro que brinda talleres de valores a adolescentes privados de libertad a nivel nacional. Gracias a estos espacios, actúo desde mis convicciones profundas: formar personas, acompañarlas y generar incidencia desde la empatía y la comprensión de realidades distintas. Porque el cambio social no se construye solo con ideas, sino con la capacidad de ponernos en el lugar del otro y actuar en consecuencia.
Más allá de las herramientas y los conocimientos, lo más valioso que me dejó el laboratorio fueron las personas, a quienes hoy tengo el honor de llamar amigos. Personas comprometidas, éticas y coherentes que trabajan por un mejor Panamá y demuestran que el cambio no es una idea abstracta, sino un trabajo constante.
Puedo decir con toda propiedad que el laboratorio no forma proyectos: forma seres humanos.
Seres humanos provenientes de contextos socioeconómicos, territoriales y culturales distintos que, sin este espacio, probablemente nunca se habrían conocido. El laboratorio propicia encuentros improbables, que son lo más valioso y perdurable de este espacio.
He identificado una característica presente en cada generación: un amor profundo por Panamá y el deseo genuino de cambiarlo. No importa si alguien es reservado o locuaz, si lidera desde el frente o tras bambalinas. Convergen todas las formas de liderazgo.
El LLAC es un semillero de agentes de cambio para comunidades, escuelas, trabajos y familias, que entienden que el liderazgo no es un título, sino una práctica diaria.
Todo esto conlleva una gran responsabilidad. Porque, como todo lo bueno, el laboratorio llegará a su fin. Pero lo aprendido aquí, las relaciones construidas y una nueva percepción del entorno los acompañarán por el resto de sus vidas.
La verdadera tarea comienza cuando regresen a sus comunidades, escuelas, trabajos y hogares. Ahí es donde se pone a prueba lo aprendido y donde este laboratorio cobra sentido. El LLAC es un lugar para aprovechar cada encuentro improbable y cada oportunidad de construir en colectivo, porque Panamá los necesita.
La autora es integrante de Jóvenes Unidos por la Educación.
