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Memoria en clave negra

Memoria en clave negra
Desfile Cultural de la Etnia Negra 2026 celebrado en Río Abajo. LP Gabriel Rodríguez

Antes de que aparezcan los puristas de la terminología musical a recordarnos —con razón técnica— que la “clave negra” no existe formalmente dentro de la teoría rítmica afrocubana, y que lo correcto sería hablar de clave de son o clave de rumba, conviene aclarar desde el inicio que este texto no pretende discutir nomenclaturas musicales de conservatorio, sino aproximarse a una memoria cultural mucho más profunda, extensa y humana.

Porque cuando hablamos de “Memoria en Clave Negra” no nos referimos únicamente a un concepto musical. Hablamos de una corriente humana, espiritual y sonora que cruzó el Atlántico entre cadenas, naufragios y destierros, y que con el tiempo terminó dejando una marca decisiva en la sensibilidad cultural panameña. Y para comprenderlo, hay que mirar mucho más atrás que nuestros escenarios, nuestros toldos populares o nuestras grandes orquestas.

Hay que regresar a Senegambia. Hay que regresar a Guinea. Hay que regresar al antiguo Kongo. Hay que regresar a Angola.

En aquellos territorios comenzaron a gestarse muchos de los pulsos culturales que siglos después continuarían respirando en el Caribe y en América Latina. No hablamos únicamente de tambores. Hablamos de maneras de entender el ritmo, el cuerpo, la espiritualidad, la improvisación y la relación emocional entre música y comunidad. Aquellas poblaciones africanas llegaron a América portando estructuras rítmicas, formas de canto, llamadas y respuestas corales, percusión ritual y un profundo sentido comunitario de la música. También trajeron formas de duelo y celebración que terminarían mezclándose con las realidades americanas hasta dar origen a nuevas identidades culturales.

Panamá no escapó jamás a ese proceso. Nuestro país, atravesado históricamente por puertos, migraciones, tránsito humano y encuentros culturales, terminó convirtiéndose en un territorio profundamente marcado por la presencia afrodescendiente. La abundancia de topónimos africanos dispersos por el territorio panameño sigue siendo una de las señales más visibles de aquella huella histórica. Hay nombres de lugares que todavía conservan resonancias lingüísticas africanas, mientras otros parecen guardar silenciosamente fragmentos de memoria colectiva sobrevivientes al desarraigo. Mocambo, Palenque, Mogollón, Mandinga, Folofo y Cuango son solo algunos.

No resulta extraño entonces que entre 1508 y 1777 cerca de 30 mil africanos fueran traídos al istmo como mano de obra para la colonia española, mientras otros 70 mil cruzaron Panamá rumbo al Perú y distintos puntos del Pacífico. Desde inicios del siglo XVI hasta finales del XVIII, africanos y afrodescendientes llegaron a constituir cerca de tres de cada cuatro habitantes en algunas zonas del país, realidad que llevó incluso a que un visitante en 1621 describiera a Panamá como “un pueblo de Etiopía”, debido a la enorme cantidad de negros que habitaban entonces el territorio.

Esa presencia no se extinguió con el paso de los siglos. Permaneció latiendo en la música, en el habla cotidiana, en la cocina, en las festividades populares y en ciertas maneras de mirar el mundo que todavía sobreviven en Panamá. Desde barrios populares, patios, comparsas, cantinas y escenarios improvisados fueron emergiendo voces negras que terminaron dándole sonoridad emocional al país. Por eso, cuando se revisa con detenimiento la historia musical panameña, descubre que muchos de los artistas que sostuvieron nuestra canción popular, nuestras orquestas y nuestros movimientos musicales más importantes provenían precisamente de esa raíz afrodescendiente.

No únicamente desde el color de piel, sino desde una sensibilidad cultural heredada y transmitida de generación en generación. Basta asomarse a la historia de nuestra canción popular para descubrir cómo esa presencia afrodescendiente aparece de manera natural, sin necesidad de discursos grandilocuentes ni consignas ideológicas.

Figuras como Barbara Wilson, Violeta Green, Silvia Mendoza, Clarence Martin, Lloyd Gallimore, Georges Coulbourne, Fermín Castañeda, Miguel Fernández y Edmund Archibold ayudaron a moldear una parte esencial de la memoria sentimental del país. Muchos de ellos permanecen todavía vivos en el recuerdo de generaciones enteras que crecieron escuchando aquellas voces en emisoras, toldos, bailes populares y escenarios nocturnos que hoy parecen pertenecer a otro Panamá. Cada uno desde estilos distintos. Cada uno desde trayectorias diferentes. Pero todos unidos por una misma capacidad: transformar experiencia humana en música.

La música afrodescendiente nunca fue simple entretenimiento. En muchos casos funcionó como refugio emocional, territorio de resistencia, afirmación de dignidad y también como una de las pocas rutas posibles hacia el reconocimiento social. Muchos de aquellos artistas llegaron a escenarios importantes cuando todavía existían profundas barreras sociales y raciales dentro de nuestras sociedades latinoamericanas. Sin embargo, el talento, la disciplina y la fuerza interpretativa terminaron abriéndoles espacio dentro de la memoria colectiva del país.

Algunos hicieron bailar generaciones enteras; otros acompañaron sentimentalmente la vida de miles de panameños, ayudaron a modernizar nuestras agrupaciones musicales o dejaron voces imposibles de olvidar. Pero todos aportaron algo esencial: ayudaron a que Panamá se reconociera también desde su herencia afro.

Allí radica precisamente la importancia de hablar hoy de una “Memoria en Clave Negra”. No para reducir nuestra identidad a una categoría racial simplista, sino para comprender que parte importante de lo que somos culturalmente nació desde esa raíz africana que sobrevivió al desarraigo, al dolor y al tiempo. Quizás por eso el tambor sigue estremeciendo algo profundo en nosotros. Quizás por eso ciertos ritmos todavía parecen conversar directamente con la memoria. Quizás por eso la música popular panameña posee una emocionalidad tan particular. Porque dentro de ella todavía sobreviven, aunque muchas veces no lo notemos, ecos remotos de Senegambia, Guinea, Kongo y Angola. Y mientras esas voces sigan siendo recordadas, esa memoria seguirá viva

El autor es escritor, ensayista y gestor cultural.


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