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Ni con la derecha, ni con la izquierda, con Panamá

Ni con la derecha, ni con la izquierda, con Panamá
Migración suspende tarjetas de turismo a ciudadanos cubanos

Durante décadas, mi generación creció escuchando una política de Estado que, en su momento, parecía suficiente para definir su posicionamiento en el concierto internacional: “ni con la derecha, ni con la izquierda, con Panamá”.

Aquella formulación, útil en un contexto histórico determinado, ha devenido hoy en una categoría anacrónica. No porque haya perdido su carga simbólica, sino porque el andamiaje geopolítico que le daba sentido ha sido profundamente reconfigurado.

Persistir en ella, sin una revisión crítica, equivale a operar bajo premisas que ya no corresponden a la arquitectura real del poder contemporáneo.

El siglo XXI no se articula en torno a dicotomías ideológicas tradicionales. Se estructura, más bien, sobre sistemas de influencia: corredores logísticos, infraestructuras críticas, flujos de datos, capacidades regulatorias y mecanismos de coerción económica. En este nuevo paradigma, la soberanía deja de ser un concepto exclusivamente territorial para convertirse en una función operativa.

Y es precisamente allí donde la neutralidad pasiva revela su insuficiencia.

Pretender que Panamá puede situarse equidistantemente entre potencias con naturalezas estructuralmente distintas no constituye una expresión de independencia, sino una forma de indeterminación estratégica.

Se ha popularizado, además, un argumento que busca diluir las diferencias entre sistemas políticos bajo la premisa de que “todos violan derechos humanos”. Tal afirmación, si bien parte de una constatación parcial, incurre en una falacia de equivalencia que no resiste un análisis riguroso.

No es lo mismo un sistema que admite la crítica, la alternancia y la corrección institucional, que uno cuya estabilidad depende de la supresión sistemática del disenso.

La evidencia empírica es contundente.

Los flujos migratorios contemporáneos no obedecen a construcciones retóricas, sino a realidades vividas. Las poblaciones no abandonan entornos de libertad para buscar estructuras de control. No existe un desplazamiento significativo desde sociedades abiertas hacia regímenes de naturaleza restrictiva.

El fenómeno, por el contrario, es unidireccional.

Millones de personas, a lo largo de décadas, han optado por abandonar sistemas cerrados para integrarse en entornos donde el Estado no monopoliza la conciencia individual.

Esa asimetría no es accidental. Es diagnóstica.

En este contexto, resulta intelectualmente improcedente sostener que la elección de socios internacionales puede reducirse a una lógica de indiferenciación.

Quienes abogan por una aproximación acrítica hacia ciertos regímenes de naturaleza autoritaria suelen circunscribir su análisis a la dimensión económica, omitiendo deliberadamente su proyección geopolítica. Sin embargo, toda relación comercial de esta magnitud comporta, inevitablemente, implicaciones estructurales.

No se trata de un caso aislado ni de un solo país, sino de un patrón observable en sistemas donde el poder estatal se impone sin contrapesos efectivos. Regímenes como China, Cuba, Corea del Norte e Irán comparten características estructurales que trascienden sus diferencias culturales: control político centralizado, limitación de libertades civiles y proyección de poder más allá de sus fronteras.

La evidencia más elocuente no es geográfica, sino humana.

Los flujos migratorios no se mueven por consignas ideológicas, sino por condiciones reales de vida. Las poblaciones no abandonan entornos de libertad para buscar estructuras de control.

Nadie se traslada de Miami a La Habana en busca de oportunidades. Nadie deja Costa Rica para rehacer su vida en Venezuela. Nadie abandona sociedades abiertas para instalarse en regímenes donde el disenso es penalizado.

El fenómeno es consistente y, para el caso panameño, familiar: millones de personas han atravesado medio continente en éxodo forzado desde sistemas cerrados, buscando entornos donde la libertad, la seguridad jurídica y la posibilidad de prosperar no dependan de la voluntad del Estado.

En este caso, esa asimetría tampoco es retórica. Es evidencia.

Estos no son episodios aislados, sino manifestaciones de una lógica de poder coherente.

Reconocer este hecho no implica incurrir en simplificaciones ni en demonizaciones. Implica, más bien, asumir que los Estados no operan en el vacío, sino conforme a doctrinas que informan su conducta externa.

De igual forma, establecer una relación estratégica con Estados Unidos o con las democracias occidentales no supone una adhesión acrítica. Supone el reconocimiento de un rasgo diferencial: la existencia de mecanismos internos de autocorrección, rendición de cuentas institucional y pluralidad efectiva.

Y ese rasgo no es menor.

En el ámbito de las relaciones internacionales, la noción de asociación no puede reducirse a la mera coexistencia comercial. Una alianza estratégica implica, necesariamente, un grado de reciprocidad, de disuasión y de respaldo implícito frente a escenarios de presión externa.

De lo contrario, no se trata de una alianza, sino de una relación asimétrica de conveniencia.

Porque, en última instancia, la discusión trasciende la conveniencia económica inmediata. Se inscribe en un marco más amplio donde convergen la dignidad humana, la libertad individual y la responsabilidad internacional frente a sistemas que, en muchos casos, no permiten a sus propios ciudadanos ejercer esas mismas libertades.

Panamá, en su condición de nodo estratégico del comercio global, no puede permitirse una lectura superficial del entorno en el que opera. Su relevancia lo obliga a pensar en términos sistémicos.

La pregunta, por tanto, no es si alinearse o no.

La pregunta es: bajo qué criterios, con qué grado de conciencia histórica y con qué proyección de largo plazo se establecen esas alianzas.

La consigna, entonces, debe ser resignificada.

No se trata de “ni con la derecha, ni con la izquierda”.Se trata de con Panamá, pero con lucidez, con discernimiento y con una comprensión cabal de las estructuras que configuran el poder en nuestro tiempo.

Porque en el siglo XXI ya no hay países no alineados, sino países geopolíticamente inadaptados.

Y Panamá no puede darse ese lujo.

El autor es empresario.


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