El estrecho de Ormuz suele aparecer en las noticias como un foco de tensión entre potencias. Sin embargo, reducirlo a un escenario de conflicto militar es insuficiente. Ormuz debe entenderse como un nodo crítico del sistema mundial: un punto donde convergen flujos de energía, intereses estatales y disputas por el control del orden global. En este sentido, analizar Ormuz permite ir más allá del acontecimiento y adentrarse en una pregunta mayor: ¿cómo se ejerce el poder en el siglo XXI?
Durante décadas, los Estados Unidos han sostenido su prestigio geopolítico sobre la base de una premisa central: garantizar la estabilidad de los grandes corredores del comercio internacional. La presencia de su poder naval en el Golfo Pérsico responde precisamente a esa lógica. No se trata solo de contener a Irán, sino de asegurar que el flujo energético global no sea interrumpido.
Sin embargo, esta función de garante enfrenta hoy una contradicción estructural. Irán, sin necesidad de igualar el poder militar estadounidense, ha demostrado que puede tensionar el sistema mediante estrategias asimétricas: amenazas de cierre del estrecho, ataques selectivos o control indirecto del riesgo. Cada uno de estos episodios tiene un efecto que trasciende lo militar: pone en duda la capacidad real de Estados Unidos para sostener el orden que dice liderar.
Aquí emerge una categoría clave para comprender la geopolítica contemporánea: el prestigio. No basta con tener poder; es necesario que ese poder sea percibido como eficaz. Cuando el tránsito por Ormuz se vuelve incierto, no solo sube el precio del petróleo: también se erosiona la credibilidad del garante global.
Pero Ormuz no está aislado. Forma parte de una red más amplia de circulación planetaria. En ese entramado, el Canal de Panamá ocupa un lugar distinto pero complementario. Si Ormuz representa un punto de vulnerabilidad energética, Panamá encarna la capacidad de articulación logística del sistema mundial.
Esta relación permite avanzar hacia una tesis más amplia: el poder en el siglo XXI no se define exclusivamente por la fuerza militar, sino por el control, la estabilidad y la gestión de los nodos estratégicos que hacen posible la circulación global de mercancías, energía y capital.
Desde esta perspectiva, Estados Unidos enfrenta un doble desafío. Por un lado, debe sostener su presencia en espacios de alta conflictividad como Ormuz. Por otro, necesita mantener su influencia en puntos de conectividad como Panamá, históricamente vinculados a su proyección hemisférica. Sin embargo, este equilibrio es cada vez más difícil de sostener en un contexto de transición hacia un orden multipolar.
El ascenso de China introduce un elemento disruptivo en esta ecuación. A diferencia del enfoque militar estadounidense, China ha optado por una estrategia centrada en la infraestructura, la inversión y la integración comercial. Su presencia creciente en puertos, rutas marítimas y proyectos logísticos en América Latina sugiere una forma distinta de disputar poder.
En este contexto, Panamá adquiere una relevancia geopolítica renovada. El país no es solo un punto de tránsito, sino un espacio donde convergen intereses globales. Su desafío radica en gestionar esa centralidad sin perder autonomía, evitando quedar subsumido en la competencia entre grandes potencias.
Lo que está en juego, en última instancia, es la redefinición del orden internacional. Ormuz revela la fragilidad del sistema; Panamá, su resiliencia. Entre ambos se dibuja una nueva cartografía del poder, donde la hegemonía ya no se impone únicamente por la fuerza, sino que se construye en la capacidad de garantizar que el mundo siga funcionando.
Pensar geopolíticamente hoy exige desplazar la mirada: del territorio al flujo, de la guerra a la infraestructura, del dominio al prestigio. En esa transición se juega no solo el liderazgo de Estados Unidos, sino la configuración misma del sistema global en las próximas décadas.
El autor es especialista en ciencias sociales.

