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Panamá: la normalización del desgaste

Panamá: la normalización del desgaste

En Panamá hay una sensación que se volvió común: la de vivir resolviendo.

Resolver cuando falta el agua. Resolver cuando se va la luz. Resolver cómo salir más temprano para sobrevivir al tráfico. Resolver cómo hacer que el salario alcance entre gasolina, supermercado y gastos que no dejan de subir.

Y quizás lo más preocupante es que empezamos a asumirlo como parte normal de la vida.

En los últimos meses, distintos sectores del país volvieron a enfrentar problemas con el suministro de agua potable tras nuevas fallas en la planta potabilizadora de Chilibre. Al mismo tiempo, continúan las quejas por apagones, fluctuaciones eléctricas y facturas elevadas. A eso se suma el aumento en el costo del combustible y una canasta básica que pesa cada vez más sobre miles de hogares.

Son problemas distintos, pero todos terminan generando la misma sensación: desgaste.

Un desgaste que ya no se siente únicamente en el bolsillo. También se siente en el ánimo de la gente y en la frustración cotidiana.

Porque vivir en Panamá parece haberse convertido en un ejercicio de adaptación.

Hay familias que consideran indispensable tener tanque de reserva o planta eléctrica. Personas que calculan sus horarios alrededor del tráfico. Hogares donde hacer supermercado dejó de ser una rutina simple para convertirse en un cálculo constante.

Todo eso empezó a sentirse normal. Y ahí es donde el problema deja de ser únicamente económico o técnico.

Se convierte en un problema de gobernanza. Porque gobernar no debería consistir solamente en reaccionar cuando el problema explotó. También implica construir estabilidad, anticiparse y sostener decisiones. Hacer que los servicios básicos funcionen sin que la población tenga que vivir preparándose para la próxima falla.

Pero Panamá parece haberse acostumbrado a operar desde la urgencia.

Las respuestas llegan cuando el malestar es visible. Cuando las redes sociales se llenan de reclamos. Después se hacen anuncios, se prometen soluciones y, por un tiempo, la conversación baja de intensidad.

Hasta que todo vuelve a repetirse. Y ese ciclo termina agotando.

Desgasta la confianza en las instituciones. Desgasta la paciencia de la gente. Desgasta incluso la idea de que las cosas pueden mejorar de manera sostenida.

Lo contradictorio es que Panamá no es un país sin potencial. Tampoco es un país sin recursos. Precisamente por eso la frustración pesa más. Porque el problema no parece ser la falta de capacidad, sino la dificultad de convertir crecimiento en estabilidad cotidiana.

Y esa diferencia se nota todos los días. Se nota cuando llenar el tanque de combustible obliga a reorganizar gastos. Se nota cuando una factura eléctrica genera preocupación antes de abrirla. Se nota cuando la tranquilidad depende de si habrá agua o no durante el día.

Se habla constantemente de modernización, desarrollo y competitividad. Pero el verdadero desarrollo también debería sentirse en algo: la tranquilidad de saber que lo básico va a funcionar.

Porque un país no se desgasta únicamente cuando las cosas fallan. También se desgasta cuando la incertidumbre termina formando parte de la rutina.

La autora es abogada y especialista en Aseguramiento de la Calidad Académica.


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