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Panamá: la próxima meta nacional es derrotar la corrupción

Panamá: la próxima meta nacional es derrotar la corrupción
Imagen conceptual elaborada por OpenAi.

Panamá acaba de demostrar algo importante: sí podemos cambiar. El país logró reducir significativamente su riesgo país, mejorando la percepción financiera internacional y enviando una señal de confianza a los mercados y a los inversionistas. Esa noticia tiene enorme importancia, porque demuestra que, cuando existe voluntad política, disciplina económica y dirección estratégica, los resultados aparecen.

Pero ahora Panamá enfrenta un desafío todavía más grande.

La próxima meta nacional no debe ser solamente financiera. Debe ser moral e institucional.

Porque un país puede tener crecimiento económico y, al mismo tiempo, sufrir un profundo deterioro ético que termine destruyendo la confianza de sus ciudadanos.

Y allí está la verdadera amenaza.

Panamá aparece todavía rezagada en los índices internacionales de transparencia. Mientras países como Singapur y Estonia entendieron hace décadas que la honestidad institucional también es una estrategia económica, nosotros seguimos atrapados en estructuras políticas donde, demasiadas veces, la impunidad se convierte en sistema.

Singapur no tiene ciudadanos genéticamente más honestos que los nuestros.

Lo que tiene es un Estado donde la corrupción tiene consecuencias reales y devastadoras.

Estonia salió de la antigua Unión Soviética prácticamente quebrada en 1991. No tenía Canal. No tenía la posición geográfica de Panamá. No tenía nuestro centro bancario ni nuestra conectividad marítima.

Sin embargo, comprendió algo fundamental: la corrupción no se combate solamente con discursos. Se combate creando instituciones transparentes, eficientes y difíciles de manipular.

Por eso digitalizaron el Estado.

Reducieron trámites.

Eliminaron intermediarios.

Hicieron transparente la información pública.

Y entendieron algo extraordinariamente simple:

“Cada papel innecesario es una oportunidad para la corrupción”.

La digitalización no fue solamente modernidad tecnológica.

Fue una estrategia moral.

Porque, sin papel, sin discrecionalidad y sin intermediarios, la coima empieza a morir.

Hace más de 2,500 años, Cleístenes entendió el mismo problema en la antigua Atenas. La ciudad estaba podrida por los tiranos y los grupos que compraban poder político utilizando favores y alimentos para controlar al pueblo.

Entonces nació el ostracismo.

Una vez al año, miles de ciudadanos escribían un nombre sobre fragmentos de barro. El más votado era expulsado de Atenas por 10 años.

No castigaban solamente delitos.

Castigaban el peligro para la República.

Nadie era intocable.

Ni siquiera Temístocles, héroe de Salamina, escapó al ostracismo.

Y, de alguna manera, Panamá hizo algo parecido el 5 de mayo de 2024.

Muchos diputados que durante años habían construido estructuras clientelistas, protegidas por planillas, dinero político y maquinarias electorales, fueron derrotados por ciudadanos sin recursos económicos, pero cansados de la corrupción y del deterioro moral de la política.

Fue un mensaje poderoso.

El problema es que los panameños usamos nuestra mayor arma —la no reelección— solamente un día cada cinco años… y luego, muchas veces, olvidamos la indignación a cambio de pequeños favores, subsidios o clientelismo.

Allí está el gran desafío nacional.

¿Qué debemos hacer para derrotar la corrupción?

Primero, comprender que no es solamente un problema legal.

Es un problema cultural, político y educativo.

La enseñanza de la ética debe ser obligatoria desde la escuela primaria hasta la universidad. Panamá necesita formar ciudadanos que comprendan que la democracia no es únicamente votar, sino defender principios y valores republicanos.

Debemos enseñar quiénes fueron Sócrates, Aristóteles y Cleístenes, porque una sociedad sin pensamiento ético termina convertida en una maquinaria clientelista.

Debemos digitalizar completamente el Estado.

Todo contrato público debe estar visible en línea.

Todo trámite debe poder hacerse sin intermediarios.

Toda compra estatal debe ser transparente.

Y la justicia debe ser verdaderamente independiente del poder político.

Porque ningún país puede convertirse en potencia logística, financiera o tecnológica si sus instituciones siguen funcionando bajo la sombra de la impunidad.

Panamá tiene todas las condiciones para convertirse en una gran nación:

  • posición geográfica privilegiada,

  • Canal,

  • puertos,

  • conectividad global,

  • centro financiero,

  • y una población extraordinariamente capaz.

Lo que necesitamos ahora es construir instituciones con la misma calidad estratégica de nuestra geografía.

Así como trabajamos para mejorar el ranking financiero del país, la próxima gran meta nacional debe ser derrotar la corrupción.

Porque la verdadera riqueza de una nación no se mide solamente por su PIB.

También se mide por la honestidad de sus instituciones y por la dignidad moral de su República.

Y quizás, como decía Aristóteles, ha llegado la hora de convertir la ética en hábito.

La muerte civil del corrupto

Panamá debe dar un paso histórico en la lucha contra la corrupción: establecer la muerte civil para todo funcionario condenado por corrupción contra el Estado.

Quien roba fondos públicos no roba dinero abstracto. Roba hospitales, escuelas, medicinas, carreteras y oportunidades para millones de ciudadanos. La corrupción no es un delito administrativo: es un atentado contra la nación.

Por ello, quien haya sido condenado por corrupción debe perder para siempre el derecho de ocupar cargos públicos, contratar con el Estado o ejercer funciones relacionadas con la administración de recursos públicos.

Las democracias serias entienden que la confianza ciudadana es un patrimonio nacional. Cuando un funcionario traiciona esa confianza, no puede regresar al aparato estatal como si nada hubiese ocurrido.

La política no puede seguir funcionando como una lavandería moral donde los corruptos desaparecen unos años y luego regresan reciclados, protegidos por estructuras partidistas y pactos de impunidad.

La muerte civil no es venganza. Es defensa de la República.

Así como Panamá trabajó para mejorar su reputación financiera internacional, la próxima gran meta nacional debe ser eliminar la corrupción y convertirnos en una de las sociedades más éticas y transparentes de América Latina.

Un país comienza a renacer el día en que el corrupto deja de ser admirado, protegido o reciclado, y pasa a ser rechazado moralmente por toda la sociedad.

El autor es exdirector de La Prensa


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