Al ritmo de la ranchera “El Rey” y rodeado de abogados, diputados de la bancada de Realizando Metas y el embajador de Panamá en Colombia, celebró Ricardo Martinelli su llegada a Bogotá. La escena retrata como pocas esta crónica de impunidad anunciada.
Tras ser condenado por lavado de activos e inhabilitado para correr a la presidencia en febrero del 2024, Ricardo Martinelli se refugió en la embajada de Nicaragua con un asilo de la dictadura Ortega-Murillo. El derecho internacional establece que a un condenado por delitos comunes no se le puede otorgar un asilo, pero aún así la burla a la justicia se fraguó y la sede diplomática se convirtió en sede de campaña del hoy presidente.
En su discurso de victoria el 5 de mayo de 2024, José Raúl Mulino le dedicó unas palabras a Martinelli que hoy adquieren especial relevancia: “Amigo misión cumplida” gritó entusiasmado y agregó que “se acabó la persecución política en este país”.
Bastante razón tenía el presidente : Martinelli está muy lejos de sufrir algún tipo de persecución política como afirma el asilo territorial otorgado por el presidente Gustavo Petro. Si quedaba alguna duda, el embajador de Panamá en Colombia, Mario Boyd Galindo, hermano del Ministro de Salud, se encargó de disiparla. El diplomático se unió sin reparos a la francachela de bienvenida y además lo invitó a desayunar al día siguiente. ¿Un perseguido político que celebra con el representante del gobierno que lo persigue? El presidente lo catalogó como un “error garrafal”, pero aún así, las consecuencias no pasaron de un regaño entre amigos.
El contraste en el otorgamiento de los salvoconductos también genera suspicacia. El gobierno tardó 9 meses en decidir emitir el documento que supuestamente le permitiría viajar a Nicaragua, lo que resultó ser una puesta en escena. En el caso de Colombia, en cambio, el permiso fue emitido por la Cancillería de Panamá de manera inmediata y el comunicado oficial se publicó (después de haber sido borrado) tras el aterrizaje del avión. Martinelli pasó de tener asilo diplomático de Nicaragua a tener asilo territorial de Colombia en tan solo unos minutos, compleja maniobra que se realizó en secreto y sin ninguna explicación a la ciudadanía.
¿Quizás a eso se refería el canciller Javier Martínez Acha con aquello de “diplomacia silenciosa” ? ¿Se imaginan que el gobierno hubiese destinado el mismo empeño que dedicó al plan de escape de Martinelli a la crisis con Trump? El presidente Mulino asegura que nada tuvo que ver su gobierno con esa gestión de asilo, afirmación dudosa a la luz de los hechos ya descritos. Quienes conocen de diplomacia saben que esas negociaciones no se culminan sin el visto bueno de los mandatarios de ambos países, sobre todo con el costo político que le sigue generando a Gustavo Petro el haber dado refugio a quien había descrito en sus redes con los peores epítetos tanto éticos como ideológicos.
Mientras se siguen tejiendo hipótesis sobre las posibles motivaciones para haber concedido este escandaloso asilo, la respuesta más llamativa se la dio Petro al periodista Daniel Coronell. Aseguró que lo hizo “por la más estrecha asociación con el pueblo de Panamá”. Si Petro le consultara al pueblo de Panamá (quizás en alguna otra caminata que haga por Casco Viejo) se enteraría que el asilo es una solución solo a ojos del gobierno -y de Martinelli por supuesto-, pero para el pueblo es la confirmación de un problema.
Y es que esta crónica de impunidad anunciada no hace más que restregarle a los panameños en su cara que la justicia nunca alcanza a los poderosos y que por ende no todos somos iguales ante la ley. El presidente Mulino aseguró en su conferencia de prensa que su gobierno no “tiene un pacto de impunidad con nadie”. ¿Y que nos dice del arreglo que realizó con el prófugo con el que hizo campaña y que ahora celebra en Colombia?
En lugar de aligerar el explosivo ambiente en el país, la componenda para que Martinelli siga evadiendo la justicia, agrega otro ingrediente más a la olla de presión en la que se ha convertido Panamá.