Un activo geoeconómico en la era de la incertidumbre global

En un mundo donde el comercio marítimo mueve el 80% de las mercancías globales, pocas infraestructuras simbolizan tanto el poder de una marca como el Canal de Panamá. Bajo la gestión de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), esta obra de ingeniería no solo es un conducto físico entre océanos, sino un activo intangible que proyecta a Panamá como un actor clave en la geopolítica del siglo XXI. Su valor trasciende lo económico: es un símbolo de soberanía, innovación y resiliencia. Desde su transferencia a Panamá en 1999, la ACP ha demostrado que una entidad estatal puede operar con eficiencia de clase mundial, convirtiéndolo no solo en un motor económico, sino en un sello de calidad institucional. Pero ¿qué hace a la marca ACP única? ¿Por qué es vital preservar su posición en un escenario global cada vez más volátil?

La marca ACP se ha construido sobre tres pilares: precisión operativa, con 14.000 tránsitos anuales y un tiempo de espera promedio de menos de tres días; innovación tecnológica, con sistemas digitales de operación y esclusas neopanamax que ahorran millones de toneladas de CO₂ anuales; y neutralidad geopolítica, un modelo de gestión apolítica que garantiza acceso equitativo a todas las naciones.

El valor de la marca ACP no se mide solo en dólares, sino en influencia. Según mi artículo publicado en este diario el pasado 11 de marzo de 2025, Valor de la marca ACP, su valor intangible superaría los USD 20.000 millones si se aplicaran métricas comerciales. Es comparable a gigantes como UPS y Nvidia, ambos con USD 20.000 millones, y supera a Intel y Netflix, con USD 19.000 millones. Este capital se nutre de la confianza global, ya que el 77% de las navieras prefieren el Canal de Panamá frente a rutas alternas, pese a tarifas más altas; sus sinergias logísticas y la integración con el centro bancario y la Zona Libre de Colón crean un ecosistema único en América Latina. Además, su legado histórico de 109 años lo consolida como eje del comercio mundial.

Sin embargo, su verdadero poder radica en lo que el geopolítico y profesor estadounidense Joseph S. Nye Jr., cofundador de la teoría del neoliberalismo en las relaciones internacionales, llamaría soft power: la capacidad de Panamá para moldear agendas globales en gobernanza, adaptación y mitigación del cambio climático, y sostenibilidad marítima gracias a su Canal.

En el ranking geoeconómico, la ACP compite con dos tipos de actores: infraestructuras críticas, como el Canal de Suez (USD 8.000 millones anuales) y el Estrecho de Malaca (por donde transita el 25% del comercio petrolero), y corporaciones logísticas, como Maersk (USD 51.000 millones en ingresos) y COSCO (USD 64.000 millones), ambos clientes del Canal de Panamá. Sin embargo, la ACP los supera en rentabilidad relativa, ya que, con solo 82 km de extensión, genera márgenes operativos del 55%, frente al 12% de Maersk.

Pero su hegemonía enfrenta riesgos existenciales: el cambio climático y la sequía de 2023, que redujeron los tránsitos a 24 diarios frente a los 36 en años normales, con alta posibilidad de repetirse antes de culminar la expansión de la cuenca en 2030; las rutas alternas, como el ferrocarril de Nicaragua (propuesto por China), el canal seco de Tehuantepec en México y el derretimiento del Ártico; y más recientemente, las guerras comerciales que han desacelerado el comercio entre Estados Unidos y China, impactando el flujo de contenedores entre Asia y Norteamérica.

Preservar el valor de la ACP no es opcional: es una cuestión de seguridad nacional. Para ello, se requieren acciones concretas como la inversión en resiliencia hídrica, con la ampliación de la cuenca, plantas desalinizadoras y represas híbridas y sostenibles para asegurar el suministro del lago Gatún, no solo para el Canal, sino también para el consumo humano y la agricultura en su cuenca y la ciudad de Panamá. La “diplomacia del Canal” debe fortalecerse mediante asistencia técnica a países con canales similares (ejemplo: Egipto con Suez y el canal del río Magdalena en Colombia) a cambio de alianzas estratégicas. La diversificación energética, con la incorporación de transmisión eléctrica, energías renovables e hidrógeno verde, permitirá operar con cero emisiones y atraer socios como la Unión Europea. Y es clave cambiar la narrativa de la marca, posicionando al Canal no solo como una ruta comercial, sino como garantía de la globalización sostenible.

Un ejemplo exitoso es su expansión de 2016: Panamá invirtió USD 5.500 millones, no para aumentar un 10% los tránsitos, sino para capturar el 40% del mercado de megabuques neopanamax. Las próximas jugadas deben ser igual de audaces.

La marca ACP es el activo más valioso de Panamá después de su gente. Su caída sería un fracaso geopolítico; su fortalecimiento, una prueba de que las naciones pequeñas pueden liderar en la era multipolar. Mantener esa grandeza exige no solo ingenieros y diplomáticos, sino una visión compartida de país y de estadistas por encima de políticos. En un mundo fragmentado, el Canal sigue siendo nuestro mejor puente hacia el futuro.

El autor es activista, empresario y autor sobre desarrollo humano sostenible.


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