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Un Canal llamado Panamá

Un Canal llamado Panamá
Fotografía del edificio de la Administración del Canal de Panamá, el 11 de agosto de 2023, en la Ciudad de Panamá (Panamá). EFE

Al hablar del Canal de Panamá no basta con pensar en economía del conocimiento, ni en trayectorias probadas, ni en cortas curvas de aprendizaje. Todo eso importa, sin duda. Pero no alcanza. Reducir el liderazgo del Canal a credenciales técnicas, experiencia operacional o eficiencia gerencial es confundir la obra con su destino.

Porque el Canal no es únicamente una obra de la ingeniería del siglo XX, ni una plataforma logística sofisticada del siglo XXI. Es una institución viva que administra una promesa histórica, no entre dos países, sino pactada hace 49 años entre Panamá y el mundo.

Por eso, los requisitos de quien lidera el destino canalero no pueden plantearse como una lista excluyente y dicotómica de “cumple o no cumple”. El Canal no se gobierna con un formulario. Administrarlo implica, por supuesto, mantener esclusas, lagos, flujos, tránsitos, peajes y resiliencia operativa, lo que es apenas la capa visible.

Este liderazgo nace del corazón mismo de la nación, por lo que debe administrar muchas piezas al mismo tiempo y en conexión con un orden estructural que trasciende títulos, leyes y reglamentos. Es también un sistema complejo llamado Áreas de Responsabilidad: cuenca hidrográfica, áreas operativas y patrimonio, que no flotan en el vacío, sino sobre un territorio animado y poblado, cargado de historia.

Es, además, un símbolo que genera identidad cultural y orgullo por las luchas generacionales y por un cuarto de siglo de administración de la vía acuática en manos panameñas. Por ello, el desafío no trata solo de maximizar un indicador o una operación, sino de custodiar un destino con el que, haciendo camino al andar, hemos construido institucionalidad.

El liderazgo canalero no se agota en lo que se sabe hacer, sino en cómo se entiende lo que se está custodiando. Debe ver interdependencias. No gobierna para su período ni para un gobierno; sostiene la confianza pública y la reputación del Canal como un activo de elevado valor. Debe saber cuándo decidir y cuándo escuchar, no solo el pulso del mercado, sino el corazón de la nación.

El Canal de Panamá no necesita solamente al mejor, más eficiente o al operador más experimentado. Requiere de quien comprenda que su función es custodiar una obra que ya no pertenece ni siquiera a este siglo, sino al Panamá del futuro.

Debe tener lo que Daniel Goleman llamaba una suerte de madurez emocional, una habilidad blanda que se convierte en infraestructura crítica del liderazgo. Pero, aun así, no es suficiente. Este líder debe trascender lo emocional. La época exige un sujeto complejo, como lo planteado por Edgar Morin, capaz de pensar sistémicamente.

Michel Foucault nos enseñó que el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde redes interconectadas, coherentes entre el pensar, decir y hacer. No se trata solo de rentabilidad neta, estrategia o logística —eso es lo que sabemos que sabemos—. Lo que no sabemos que no sabemos constituye un área gris que demanda que el administrador del futuro comprenda cómo circula el poder más allá del organigrama, cómo se construye legitimidad en contextos de desconfianza —aun cuando resulten injustos para nuestro país— y cómo cada decisión técnica es, en el fondo, una decisión política.

No por militancia, sino por entender desde dónde se tensan los intereses y cómo gestionarlos, practicando la integridad y manteniéndose consistentemente en una sola pieza.

El líder canalero requerirá presencia, no solo análisis. Alguien que entienda cuándo la norma sirve y cuándo limita, que sepa crear valor a pesar de las ortodoxias que en ocasiones generan la Ley Orgánica y el Título Constitucional, y que entienda lo que significa operar sobre una foto del pasado, dando paso a la innovación sin caer en arbitrariedad.

Deberá saber responder a crisis inéditas, donde en la mayoría de los casos el manual no existe. Parafraseando a Yuval Noah Harari en 21 lecciones para el siglo XXI, el administrador del futuro se apoya en modelos predictivos, pero no delega sus decisiones a una máquina ni a una inteligencia que no siente, solo razona.

Ese liderazgo será, necesariamente, panameño, porque administrar el Canal exige una comprensión íntima de la historia y del significado generacional que la vía interoceánica tiene para el país y el planeta. Sin importar lo grande que somos o podemos llegar a ser, nadie que no haya interiorizado esa memoria puede custodiar con legitimidad un activo que es, al mismo tiempo, infraestructura, patrimonio de la nación y un proyecto inacabado de cara al futuro.

Se trata de su capacidad para administrar las acciones que cada panameño ha confiado en nosotros. Porque un líder que ama el Canal sabe que esta obra tiene personalidad: la de cada usuario, la de cada panameño y panameña.

Un Canal llamado Panamá, gestionado por un “súper hombre” o una “súper mujer”, en realidad no es lo que se requiere. En la carrera están los mejores, y sin duda cumplen con el principal requisito: no importa de dónde vengan, si son de aquí o de allá, saben hacia dónde van.

Y en sus 82 kilómetros de recorrido, sea hacia el norte o hacia el sur, deberán prestar atención al interior de cada esclusa, a su gente y a su cuenca. Escuchar sus latidos para conectarse más con su corazón.

Y, sin duda, en adelante solo podrán amarlo. Porque, como decía Freire, nadie que no ame puede enseñar sobre el amor. Y en amar al Canal, a los panameños nadie nos gana.

El autor es investigador y coordinador de la memoria histórica del Canal de Panamá.


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