Un niño de diez años entra a una farmacia en Boadilla del Monte, un municipio al oeste de Madrid. No viene a comprar nada. Viene a pedir prestado un teléfono. Necesita llamar a su mamá porque el partido de fútbol terminó más temprano de lo previsto y no sabe cómo avisarle. El farmacéutico le extiende su celular sin dudarlo. El niño hace la llamada, da las gracias y se va. Sin drama. Sin celular propio. Sin necesitarlo.
Esa escena, que podría parecer sacada de otra época, ocurre hoy. En 2026. Y no por casualidad: ocurre porque un municipio decidió que proteger a sus niños es responsabilidad de todos, no solo de sus padres.
La iniciativa se llama Comercio Amigo y forma parte de un proyecto más amplio llamado Boadilla es Familia. Más de cincuenta comercios del municipio se identifican con un sticker visible en su puerta. La señal es simple: aquí puede entrar cualquier menor que necesite hacer una llamada de urgencia a su familia. El comerciante no asume ninguna custodia ni responsabilidad legal sobre el niño. Solo presta un teléfono. Solo dice que sí.
Pero ese gesto, multiplicado por cincuenta locales y respaldado por toda la infraestructura municipal, crea algo que ninguna app de control parental puede reemplazar: una red humana de seguridad alrededor de la infancia.
El objetivo declarado de la iniciativa es claro y valiente: retrasar el momento en que los niños tienen su primer celular. No eliminarlo. No demonizar la tecnología. Simplemente darles tiempo. Tiempo para crecer sin una pantalla permanente en el bolsillo. Tiempo para aburrirse, para inventar, para pedir ayuda mirando a los ojos.
Y si algo nos han enseñado años de investigación en salud infantil es que ese tiempo importa enormemente. Cada mes que un niño crece sin acceso irrestricto a redes sociales y plataformas de contenido ilimitado es un mes en que su cerebro se desarrolla con menos interferencia, en que sus vínculos se construyen en el mundo real, en que aprende a tolerar la frustración sin un estímulo digital que la distraiga de inmediato.
¿Podríamos hacer algo así en Panamá?
La respuesta corta es sí. Pero requiere que dejemos de ver este problema como un asunto privado de cada familia y empecemos a tratarlo como lo que es: un asunto de salud pública y de política social.
Los padres somos la primera línea. Somos quienes establecemos las reglas en casa, quienes decidimos a qué edad entregamos un dispositivo, quienes modelamos con nuestro propio comportamiento la relación que nuestros hijos tendrán con las pantallas. Pero los padres no podemos hacerlo solos. No en un mundo donde la presión social sobre los niños para estar conectados es enorme, donde no tener celular puede significar quedar fuera del grupo, donde el entorno completo empuja en una sola dirección.
Por eso la comunidad tiene un rol que todavía no hemos asumido del todo. Los comerciantes, los vecinos, los maestros, los adultos que rodean a nuestros hijos fuera del hogar. Una farmacia que presta su teléfono. Un local de comida rápida con un sticker en la puerta que le dice a un niño: aquí estás seguro, aquí puedes pedir ayuda. Gestos pequeños que construyen algo grande: la certeza de que un niño no necesita un celular propio para estar protegido.
Y luego está el Estado. Porque sin políticas públicas claras, todo lo demás son esfuerzos individuales que nadan contra la corriente. Necesitamos que el Ministerio de Educación ponga este tema sobre la mesa con urgencia. Que la Asamblea Nacional legisle con evidencia científica y no con presiones de mercado. Que los municipios y alcaldías encuentren en iniciativas como la de Boadilla una inspiración concreta y replicable, adaptada a nuestra realidad.
No hace falta un presupuesto millonario para empezar. Hace falta voluntad. Hace falta que quienes tienen el poder de tomar decisiones decidan que la infancia panameña merece ser protegida con la misma urgencia con que se atienden otras crisis de salud pública. Porque esto también es una crisis. Silenciosa, pero real.
Como pediatra, llevo años viendo en consulta las consecuencias de una infancia hiperconectada: ansiedad, insomnio, dificultades de atención, aislamiento social disfrazado de vida digital. Y como madre, entiendo la presión que sienten los padres cuando intentan nadar contra la corriente solos.
Por eso hoy no solo escribo para que reflexionemos. Escribo para que actuemos. Si en Panamá existe o surge una iniciativa como Comercio Amigo —impulsada por un municipio, una asociación de comerciantes, una escuela o cualquier organización que quiera construir una red de protección real alrededor de nuestros niños—, cuenten con mi voz, con mi tiempo y con mi compromiso para apoyarla.
Nuestros hijos no necesitan que seamos perfectos. Necesitan que nos ocupemos de esto juntos.
La autora es pediatra.

