En el imaginario pictórico de Elmar Rojas (1942-2018), “el espantapájaros” es una figura recurrente, que el artista guatemalteco utiliza en su pintura, como guardián emblemático de la memoria rural de nuestros pueblos. Sin embargo, para Rojas, este personaje deja de ser la figura ancestral y objeto alegórico tradicional que conocemos en nuestros campos de cultivo, para convertirse en una presencia espiritual mágica, suspendida entre la tierra y el cielo, entre lo visible y lo invisible.
Sin definición corpórea, sus emblemáticos espantapájaros, siempre llevan puesto sombreros de ala ancha, y además realizan extrañas actividades que colindan entre lo terrenal y lo sobrenatural, adoptando variedad de poses, formas y colores, al tiempo que sus flexibles cuerpos, y la condición fantasmal de su existencia, nos recuerda a los imperecederos personajes de la mitología centroamericana, tanto como aquellas entidades misteriosas que aún perduran en el imaginario colectivo de nuestros pueblos, como es el caso de la tulivieja, la silampa y muchos otros.

La composición etérea, los velos de color y la atmósfera onírica, se constituyen de manera complementaria, en parte esencial del lenguaje inconfundible del gran maestro latinoamericano. Su poética visual dialoga con la identidad profunda de nuestro territorio, teniendo como denominador común, al realismo mágico que identifica históricamente al arte y la literatura de la región latinoamericana, tal y como ocurre también con la música. A propósito, un buen ejemplo de esto último, lo constituye el reciente y extraordinario concierto de Bad Bunny en el Super Bowl.
Elmar Rojas fue un pionero en plasmar a través de la pintura, la cosmovisión de su país cargada de símbolos y el misticismo propio de los nahuales o chamanes de su país natal. Su obra, incorpora variados personajes enigmáticos, en escenarios que parecen surgir de sueños. Su narrativa visual, conecta lo ancestral con lo contemporáneo, logrando transformar lo cotidiano en extraordinario. Sus cuadros se caracterizan siempre, por el toque de misterio representado en esos cuerpos suspendidos -como levitando-, y los colores intensos en contraste con sobrecogedoras zonas oscuras y sombrías, que parecen evocar a la vez, tanto la espiritualidad sublime, como el curtido espíritu de lucha producto de las constantes vicisitudes que ha tenido que enfrentar nuestra gente, a lo largo de la historia.

Para América latina, el nombre de Elmar Rojas no solo evoca a un pintor reconocido de prestigio internacional, sino a un constructor de sueños, que logró plasmar sobre el lienzo, la identidad y trascendencia de nuestro territorio latinoamericano, para la posteridad. Este pintor fue un verdadero visionario que exploró las leyendas y universos mágicos de nuestros ancestros, con la maestría de un artista consagrado, haciéndose merecedor por ello, del reconocimiento internacional.
En su trabajo, Elmar Rojas utilizó una técnica única y un estilo personal inconfundible, que muy pocos pintores han podido imitar. La superposición de capas de pintura y el posterior raspado, produce un efecto de claroscuro con sutiles matices de tonalidades y profundas sombras difuminadas, que dramatizan y llenan de misterio la escena, lo cual resulta especialmente efectivo, para otorgarle una atmósfera mágica a sus espantapájaros, los cuales en consecuencia, parecen emerger de la profundidad de cada uno de los ricos colores iridiscentes y luminosos: azules, violetas, amarillos, rojos y naranjas, que caracterizan su obra.
Su formación como arquitecto, probablemente le permitió combinar la disciplina y el rigor de la técnica, con la libertad y la expresividad de la pintura; una dualidad que marcó su estilo durante toda su vida, convirtiendo su legado, en un puente entre la tradición, la memoria colectiva y la modernidad. Elmar Rojas falleció en Guatemala, el 18 de febrero de 2018, a los 75 años, dejando un legado artístico invaluable.


