Hace 75 años, en mi disco duro craneal, quedó grabado uno de los más agraciados recuerdos de mi niñez: me encantaba acompañar a mis padres a pasar el día en la augusta ciudad de Colón. El paseo en ferrocarril o auto, bordeando el Canal o por la vía Boyd-Roosevelt, entre la exuberante fauna y flora del lago Gatún, era un viaje fascinante que competía con los mejores paisajes turísticos del extranjero.
Llegar a una de las ciudades mejor trazadas del mundo y adaptada al trópico, con anchas vías, la estación del tren en la calle del frente y sus edificios de cuatro altos rodeados de anchos corredores o boardwalks bajo techo, que alojaban modernos restaurantes y almacenes con vidrieras colmadas de mercancías procedentes de todo el mundo, era una experiencia que, al final del día, se convertía en un martirio para mi padre, pues debía esperar hasta la clausura del último bazar.
El Hotel Washington, el mejor del país, frente al rompeolas, competía con el mejor del continente y, justo a la entrada del Canal, se encontraba el magnífico puerto de Cristóbal, de gran calado y siete muelles principales, aptos para recibir carga y atender los grandes cruceros que componían entonces el principal sistema de transporte transcontinental de la época.
En otras ocasiones hacíamos turismo histórico, parando en las ruinas del fuerte San Lorenzo, situado en la entrada del río Chagres, o bien tomábamos la vía a Portobelo hacia la Aduana y los fuertes San Jerónimo y San Fernando, antiguas fortificaciones del Imperio español, declaradas patrimonio mundial. De allí pasábamos a bucear en alguna de las bellas playas y cristalinas aguas del Caribe, para regresar a casa ese mismo día.
Unos quince años más tarde, en mi primer trabajo asalariado, con mi tío Marcelo Borgianni, representante local de importantes marcas italianas como Olivetti, Pirelli, Perugina, Carlo Erba y, mi favorita, la naviera Italian Line, cada quince días atracaba en Cristóbal un crucero de lujo (Leonardo da Vinci, Cristoforo Colombo, Michelangelo o Raffaello), procedente de Civitavecchia (Roma) y Nueva York. Mi responsabilidad consistía en ir a Colón y entregar al oficial de embarque la lista de pasajeros que abordarían dicha nave en Cristóbal con destino a Europa o Estados Unidos. Esto me permitía el lujo de pasar varias horas como invitado a bordo, deleitarme con los deliciosos platos y vinos italianos y pasar revista a las sirenas en las piscinas del barco.
Después de la invasión de 1989, fui nombrado ministro de Comercio y tuve como responsabilidad conducir las juntas directivas de la Zona Libre de Colón, la Autoridad Portuaria Nacional (puertos de Balboa y Cristóbal), la Dirección de Hidrocarburos (refinería), la Dirección de Artesanías y el Instituto Panameño de Turismo (IPAT), que entonces representaban las actividades económicas más importantes del país.
Todos los meses debía visitar alguna que otra provincia; sin embargo, ninguna con tantas ventajas geográficas, actividades comerciales, industriales, de exportación, logísticas o turísticas como Colón. Ante dicha realidad, me incomodaba salir de mis reuniones para encontrarme con varios de los líderes comunitarios con solicitudes familiares de empleo, de algún subsidio, alguna liga o una vivienda; a cambio, yo les pedía que me presentaran algún proyecto de pequeña empresa, de turismo, de pesca artesanal o de alguna actividad comunitaria, y debo confesar que nunca me llegó.
Le pedí al entonces ministro del MIVI que, en los nuevos proyectos de vivienda para Colón, les exigiera a los contratistas que emplearan por lo menos al 50% del personal de la provincia. El resultado fue que las cotizaciones de las empresas proponentes aumentaron un 15% debido a que, según ellos, no conseguían mano de obra comprometida y les era más barato (igual que a los usuarios de la Zona Libre) transportar en buses a diario al personal de la capital a la obra.
Me empeñé en negociar la concesión y aprobar la Ley 31 de 1993 para construir y operar en Coco Solo el primer puerto de contenedores privado en el país (MIT). Recuerdo mi reunión con el presidente del “Sindicato de Desempleados de Colón” para organizarle una escuela de adiestramiento portuario, a lo cual me respondió que él no iba a pelearse con el “Sindicato Portuario”.
Otros gobiernos, en los últimos 30 años, han construido autopistas, privatizado el ferrocarril, construido un puente sobre el Canal, dos nuevos puertos privados y proyectos multifamiliares y deportivos. Aun así, en mi reciente visita a aquella bella ciudad, no pude más que preguntarme: ¿adónde se perdió aquel Colón de mi juventud?
El autor fue ministro de Comercio e Industrias y embajador de Panamá tanto en Washington como en Italia.


