Durante una audiencia celebrada el 21 de julio de 2026 ante la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, titulada “Reescribiendo la historia estadounidense: examinando los esfuerzos de la Institución Smithsonian para remodelar el pasado”, la congresista demócrata por Texas, Jasmine Crockett, sorprendió al introducir un comentario ajeno al tema central del debate. Al referirse a la reciente final del Mundial de Fútbol entre Argentina y España, afirmó que el supuesto respaldo internacional a la selección española obedecía a la “historia racista” de Argentina.
La afirmación, pronunciada sin aportar evidencia histórica que la sustentara, generó reacciones inmediatas dentro y fuera de los Estados Unidos. Más allá de las pasiones propias del deporte, una declaración de esa naturaleza merece ser examinada con serenidad y a la luz de los hechos históricos, pues ninguna nación puede ser definida por una frase ni reducida a un estereotipo.
Como ocurre en prácticamente todas las sociedades, Argentina ha conocido episodios de discriminación y racismo. Sin embargo, convertir esos episodios en la definición de toda una nación constituye también una simplificación injusta.
Argentina fue uno de los primeros países de América Latina en iniciar el proceso de abolición de la esclavitud mediante la Ley de Libertad de Vientres de 1813, y la Constitución de 1853 consolidó jurídicamente ese proceso. Estados Unidos, por su parte, abolió la esclavitud en 1865, después de una guerra civil que costó cientos de miles de vidas, y mantuvo un sistema legal de segregación racial hasta bien entrada la década de 1960. Este contraste histórico no pretende establecer superioridades morales entre países, sino recordar que toda nación debe ser analizada dentro de su propio contexto histórico.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, Argentina abrió sus puertas a una de las mayores corrientes migratorias del continente americano. Millones de inmigrantes procedentes de Italia, España, Alemania, Francia, Polonia, Rusia, Siria, Líbano, Armenia y muchos otros países encontraron allí un lugar para trabajar, formar una familia y construir un futuro. Esa extraordinaria diversidad terminó convirtiéndose en uno de los pilares de la identidad nacional argentina.
Del mismo modo, durante el siglo XX, Argentina recibió a miles de personas que escapaban de guerras, persecuciones políticas y crisis económicas. La historia demuestra que el país fue, durante décadas, una tierra de acogida para millones de personas que encontraron oportunidades de progreso y contribuyeron decisivamente a su desarrollo económico, científico, cultural y social.
Naturalmente, ello no significa que Argentina haya estado exenta de episodios de discriminación. Reconocer esos hechos forma parte del compromiso con la verdad histórica. Pero una cosa es admitir que existieron expresiones de racismo y otra muy distinta es afirmar que el país tiene, como rasgo definitorio, una “historia racista”.
El deporte tampoco debería convertirse en un escenario para trasladar juicios históricos absolutos. Que una selección nacional despierte simpatías o antipatías puede obedecer a múltiples factores: rivalidades deportivas, estilos de juego, éxitos acumulados o, simplemente, preferencias personales. Atribuir ese fenómeno exclusivamente a una supuesta “historia racista” de un país carece de la profundidad histórica necesaria para sostener semejante afirmación.
El debate sobre el racismo merece ser serio, responsable y sustentado en hechos verificables, no en consignas ni en afirmaciones generales pronunciadas en medio de una discusión política o deportiva.
Las palabras pronunciadas desde una tribuna política tienen peso y consecuencias. Por ello, quienes ejercen cargos públicos deberían procurar que sus afirmaciones estén respaldadas por el rigor histórico y no por percepciones o estereotipos.
Ningún país puede reclamar un pasado perfecto. Todas las naciones, en mayor o menor medida, han enfrentado episodios de discriminación, intolerancia o injusticia. Lo verdaderamente importante no es negar esos capítulos, sino reconocerlos, aprender de ellos y trabajar para que no se repitan.
Argentina, como cualquier otra nación, merece ser juzgada por la totalidad de su historia y no por una etiqueta simplificadora. Una sociedad que recibió, durante generaciones, a millones de inmigrantes de las más diversas culturas difícilmente puede ser definida por un único calificativo. La historia de los pueblos es siempre mucho más compleja que un eslogan político.
Del mismo modo, el deporte debería seguir siendo un espacio de encuentro entre las naciones y no un escenario para alimentar prejuicios.
El autor es abogado.

